sábado, 2 de noviembre de 2019

#MismoInicioDiferenteFinal

La seductora oscuridad


Alex odiaba cruzar por el cementerio por las noches—aunque era el camino más rápido a su casa—pero aquella noche era demasiado su cansancio y ansiaba dormir, así es que al llegar a la puerta, no lo dudó y entró al camposanto. 
Había caminado desde la ciudad porque su viejo Datsun '96 no encendió. Sacó una pequeña licorera de su mochila y bebió dos tragos. En aquella Noche de Muertos, el frío calaba fuerte. Decidió sentarse en un tronco a recuperar fuerzas. El viento silbaba entre los ahuehuetes y pirules, creando una tétrica sinfonía. La gente del pueblo llegaba poco a poco a visitar las tumbas de sus seres queridos entre cantos y rezos. El olor a comida y flores inundaba el lugar. Alex recordó entonces cómo había lidiado con su temor a la muerte y terminado como embalsamador de cadáveres en una elegante funeraria de ciudad. 
Bebió otro trago de licor. Su mente voló hacia la infancia, en la que su hermano Alonso se había ahogado en el río del pueblo. La angustia lo envolvió de nuevo al revivir cómo había buscado con desesperación una vara para salvarlo, sin lograrlo. Desde entonces, Alex se sentía culpable de aquella pérdida familiar. Tiempo después, ya adolescente, en la clase de anatomía, le había impresionado tanto el funcionamiento del cuerpo humano que decidió estudiar enfermería. Por desgracia, la carencia económica de su casa le hizo abandonar los estudios. Con su escaso conocimiento, encontró empleo como ayudante de embalsamador en la Funeraria Vélez.
El encuentro con su primer cadáver fue impresionante, pero en ningún momento tuvo ganas de vomitar o algo así. Al contrario, quedó fascinado ante la perfección del cuerpo humano, y de cómo se podía preservar su belleza. Con cada fallecido que llegaba a sus manos, ponía el mismo empeño que hubiera puesto con su hermano Alonso. Del aspecto dependía la tranquilidad de la familia, la dignidad última con que les despedían. 
Bebió otro trago. De repente, una mano tocó su hombro. 
—¿Tienes fuego? —preguntó una hermosa mujer morena, con cabello negro azabache y un entallado vestido que adivinaba la figura escultural que poseía.
—Claro —atinó a contestar Alex, intimidado por aquella extraña belleza.
—Los tacones me están matando —murmuró ella en tono sensual—. ¿Puedo sentarme?
Alex se levantó de un tirón con amabilidad. La mujer se sentó y cruzó la pierna, una mano sosteniendo el cigarrillo, la otra sobando lentamente sus pantorrillas desnudas. 
—Ese olor a cempasúchil me da dolor de cabeza. No sé quién les dijo que hay que colocar tantas flores sobre las tumbas —se quejó en voz baja, casi en tono infantil—. ¿A quien visitas?
—A nadie  —contestó Alex, ensimismado con el bello rostro de la fuereña—. Mi hermano está enterrado en otro panteón, pero nunca lo visito. Es que…no puedo creer que él esté en una fría tumba. Él vive conmigo, en mi corazón.
—Haces bien —afirmó la mujer—. En las tumbas no hay más que huesos. Bien… gracias por el asiento. Debo irme. Tengo mucho trabajo todavía.
—¿Eres artista? ¿Cantas en las tumbas?
La mujer echó una carcajada y apagó la colilla del cigarro. 
—Bueno fuera... Mi trabajo es una mierda, pero alguien tiene qué hacerlo. 
—¿Cuándo podría verte de nuevo?
—Pronto no será, pero si sigues atrapado en tu depresión e intentando en vano curarte con alcohol, pues…tal vez el próximo año. ¡Ah! Y escucha un consejo. Vende ese viejo coche o acabarás en un barranco. Adiós, hermoso joven.
La mujer se encaminó hacia las tumbas, entre el gentío y los músicos. Alex intentó alcanzarla, pero no pudo. Un viento helado le cruzó el rostro. Tomó su mochila y continuó su camino, aún fascinado con la belleza exuberante de la misteriosa dama. Al fin cruzó el panteón y llegó a la puerta. Atrás dejó la algarabía y las luces. Suspiró hondamente, y se preguntó si en verdad le gustaría ver de nuevo a la mujer…o mejor no.
FIN

sábado, 12 de octubre de 2019

#MismoInicioDiferenteFinal #relato #terror

El puente de las pesadillas
Relato inspirado en el reto #MismoInicioDiferenteFinal de @MaruBV13

Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho, cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio justo antes de que cerraran durante largo tiempo por remodelación. La asistente lo hizo pasar a un despacho lleno de cajas selladas.
—Usted disculpe —dijo con timidez—. En cualquier momento llegan los de la mudanza y todo es un caos. Su cita es la última. Siéntese, ahí viene el doctor. Me retiro o no hallaré transporte de regreso a la ciudad. Esta finca está en la orilla del mundo y, con la noche de brujas, hay muchos jóvenes que andan molestando a los lugareños con sus horribles disfraces. Tenga cuidado cuando salga. Buenas noches.
De inmediato entró el Dr. Ramírez al despacho. Dejó la puerta abierta; se notaba apurado. Miró el reloj.
—Felipe…Morán…mi ficha dice que tiene ansiedad, ¿Cierto? Le escucho. ¡Ah! Por favor, sea breve. Tengo veinte minutos antes de que vengan los de la mudanza. A punto estuve de no agendarle, pero lo escuché muy mal. En tres meses podré atender con tranquilidad, cuando arreglen algunas cosas de esta vieja casona…
—Tengo sueños recurrentes…
Algunos huevos se estrellaron en el ventanal. Las llantas chirriantes de un auto y risas escandalosas se perdieron en la noche.
—Tonta noche de brujas —masculló el médico—. Saca lo peor de las personas, sus temores y frustraciones. Y con el disfraz, esos estúpidos se sienten valientes. Disculpe. Continúe.
El reloj de péndulo se hacía escuchar con un eco inquietante. El viento movía los árboles y emitía un silbido macabro. Una débil luz iluminaba el despacho; el pasillo se veía oscuro. 
—Sueños recurrentes, eso. Siento unas manos que me ahorcan hasta desfallecer. Luego despierto lleno de angustia —Felipe narraba todo con voz entrecortada—. Mi mujer está harta de que la despierte abruptamente. Logro dormir unas dos horas y me voy al trabajo en calidad de muerto viviente. Es terrible. Mi jefe me ha amenazado con despedirme si no rindo en mis actividades.
—¿Desde cuándo le sucede eso?
—Hace un año exactamente. Desde aquella noche de brujas en que el espectro de la carretera apareció frente a mi coche y me hizo estrellarme en un árbol. Estuve dos días inconsciente y, después, mi vida se convirtió en un desastre. Las pesadillas, la ansiedad. Voy en autobús al trabajo por temor a encontrarme de nuevo con ese terrible espíritu.
El Dr. Ramírez dejó de ver el reloj. Se concentró en las palabras del paciente. Se quitó las gafas, talló sus ojos y suspiró.
—Kilómetro 90, ¿Cierto? A la altura del puente.
Felipe asistió con la cabeza, visiblemente sorprendido. El doctor se levantó y buscó en una caja la licorera y dos copas. Ofreció whisky a Felipe y él bebió de un trago la copa entera.
—Quisiera decirle que tiene brotes psicóticos ocasionados por excesiva ansiedad, tal vez por presiones en el trabajo o en la pareja, ese tipo de cosas. Pero no puedo. Yo le creo, Felipe. Yo también vi al espectro frente a mí, así como le veo a usted ahora. La diferencia es que yo viré el coche con brusquedad y embestí a un auto que pasaba por el puente. El otro conductor murió. En mi declaración dije la verdad, pero me creyeron trastornado. Estuve con trabajos comunitarios durante tres años, y me enviaron a tratamiento psicológico —el médico echó una carcajada—. ¿No le parece gracioso? Ahora tampoco manejo. No puedo subirme a un coche sin sufrir ansiedad. Todos los días pido un taxi…por cierto, ¿En qué ha venido?
—En taxi. 
Ambos rieron de forma estruendosa, haciendo catarsis de tan incómodo momento. Bebieron otra copa de whisky. El teléfono sonó. 
—No puede ser, ustedes quedaron…sí, lo sé, pero por eso me quedé a esperarlos…ya, está bien. Mañana les abrirá el vigilante. Dejen todo limpio, por favor, que la constructora llega por la tarde a hacer las reparaciones. Buenas noches.
—¿Todo bien? —preguntó Felipe al terminar su copa y negar la siguiente que le ofrecía el doctor.
—Estos idiotas, que vendrán hasta mañana. En fin…lamento no poder ayudarle, Felipe. Pediré un taxi a la ciudad. Si gusta, puedo dejarlo en su casa.
—Oiga, ¿Cómo que no puede ayudarme?
—Eso. Yo mismo no sé cómo librarme de mis pesadillas. El maldito espíritu me acosa todos los días, no puedo concentrarme, he perdido pacientes. Por eso cierro la clínica. Se va a remodelar para vender la propiedad. Yo me largo a una cabaña perdida en la selva, o a donde sea. Estoy harto. 
El médico pidió un taxi por teléfono. Le dijeron que llegaba en diez minutos.
—Vamos a la puerta, Felipe. No tenemos nada que hacer aquí.
Los dos se dirigieron a la reja principal. El viento helaba las mejillas. A lo lejos se vislumbraron los faros de un coche.
—¿Y qué hace usted con las pesadillas? —cuestionó Felipe—. Yoga, pastillas…
—Nada funciona, estimado amigo. El espíritu se apodera de la voluntad. Es un alma atormentada por haber sido asesinado en aquel puente. Cualquier humano que le brinde luz atrae su atención. Entonces ese humano se queda en penumbra. El maldito se lleva la claridad, la tranquilidad...
El coche se aproximó a ellos, pero no era un taxi, sino los chicos disfrazados de antes. Pararon el motor y se quedaron en silencio. El doctor se acercó con cautela a la ventanilla del chofer. Una expresión de horror se apoderó de su rostro. Los cuatro chicos estaban muertos; las cuencas de los ojos vacías. 
—Debemos largarnos de aquí, Felipe. ¡Ayúdeme a sacarlos del coche!
Aún desconcertado, Felipe hizo lo que el Dr. Ramírez le pidió. Entre los dos cargaron fuera del coche los cuerpos inertes de los chicos. Felipe tomó el asiento del conductor. El médico vomitó antes de subir. 
—¡Vámonos! ¡Vendrá por nosotros!
Felipe sintió que le sudaron las manos al tomar el volante. Giró la llave y encendió el motor. Solo pensaba en cruzar lo antes posible el puente y ser libre. 
El espectro apareció frente a ellos. El taxi estaba volcado en el barranco. Felipe aceleró a fondo. El doctor abrió la puerta.
—No se detenga hasta llegar a casa, y olvide todo esto. Solo uno podrá liberarse…¡No se detenga! 
El médico se aventó del auto en movimiento. El espectro lo absorbió de inmediato en medio de una nube de humo negro. Por el retrovisor, Felipe observó el puente cayendo hacia el vacío. Aceleró como un loco hasta que estuvo frente a su casa. Unos niños disfrazados le tocaron el vidrio, causando un sobresalto. 
—¡Dulce o truco! —le gritaron con inocencia mientras él recuperaba el aliento.
FIN.

domingo, 28 de julio de 2019

Café con un extraño #MismoInicioDiferenteFinal

#relato #suspenso
(Inicio de @MaruBV13)
Entré a aquel café distraída y con un paso rápido. Un hombre de cabello blanco que sostenía un café en una mano y un croissant en la otra, se detuvo para darme el paso. Esbozó una tímida sonrisa, guiñando uno de sus ojos verdes. Debí sonrojarme, porque sentí las mejillas encendidas. Era un tipo atractivo, cano prematuro, supuse, porque su cara aparentaba aún lozanía y vigor. Usaba una loción de notas amaderadas que me provocó cerrar los ojos un segundo para disfrutar del aroma. Vestía un traje oscuro, corbata y pañuelo a juego. 
Le devolví la sonrisa y seguí de largo hacia la barra con su mirada verde mar clavada en mi espalda. Me senté en un banco y pedí un café con doble carga y unas pastas de nuez. Frente a la humeante taza cerámica, retoqué mi maquillaje con el pretexto de mirar por el espejo hacia la mesa del fondo, y verificar —por algún motivo hasta ese momento desconocido— si el caballero seguía allí. Sentí un brinco en el estómago. Se había marchado sin hacer ruido y dejado el café a medias. Me pareció extraño porque no había escuchado la campanilla de la puerta al cerrar. 
La camarera llegó con mi desayuno. Guardé el espejo y bebí un sorbo de café. Mi mirada se centró en el reflejo que daba la cromada máquina cafetera. Fue entonces que mi mundo se estremeció. La taza de aquella mesa del fondo subía y bajaba en el aire. El croissant se sostenía estático e iba perdiendo bocados, hasta que desapareció. 
Mis ojos no daban crédito de lo que veían. Nadie en el restaurante parecía darse cuenta; seguían con su vida sin problema. 
La camarera me sorprendió con un café expreso de cortesía. 
—Se lo envía el caballero del traje negro —dijo con cierto enfado—. Y le dejo su cuenta. La cocina está cerrada. Y el restaurante lo estará en diez minutos. Le aviso porque...
—Claro. Están por cerrar —atiné a decir—. Puede parar la broma ya, señorita. En la mesa del fondo no hay nadie.
—Pues yo veo perfectamente al caballero del traje azul ahí sentado, volteando hacia acá y elevando su taza de café a manera de brindis. 
Dudé de mi propio juicio. Giré la cabeza para encontrarme con que la camarera tenía razón. El caballero continuaba ahí sentado. Me sonrió con una seductora malicia. Me sentí fuera de sitio y corrí al baño para echarme agua fría en el rostro. Respiré hondo y volví a la mesa. El hombre se había marchado, ahora de verdad. Pagué la cuenta y salí a la calle buscando con la mirada a aquel misterioso comensal. Nunca volví a verlo pero, cada vez que entro a ese café, siento que alguien me observa.
FIN.

domingo, 23 de junio de 2019

#cuento #cienciaficción

Libre albedrío
Laura despertó de golpe, agitada y febril. Se repuso en unos instantes, mientras intentaba reconocer aquel espacio diáfano. Era la sala de un hospital, y a su alrededor corrían de un lado a otro médicos y enfermeras intentando salvar sus dañados órganos. No se esmeren, dijo, que este cuerpo de noventa años se ha desgastado lo suficiente.

De repente, Laura se encontró formada en una larga fila. Vaya, pensó, es cierto lo que dicen de llegar a las puertas del cielo. Porque espero que sea la fila del cielo, se rió para sus adentros.

Al llegar a la recepción, una amable angelita le dió la bienvenida mientras checaba algo en su ordenador.

—Felicidades —dijo la joven con entusiasmo—. Tiene usted un expediente impecable. Pase por favor a la ventanilla de reencarnaciones. Y que siga usted haciendo el bien en la Tierra.
—Pero yo no deseo volver —objetó Laura—. Yo solo quiero terminar con esto, desaparecer.

Las almas en la fila se miraron con confusión. La edecán se puso algo nerviosa. 

—Nunca me habían pedido una cancelación total —advirtió, sorprendida—. Para casos especiales como el suyo, pase a la dirección general.

Laura caminó por un largo pasillo alfombrado hasta un mostrador de cristal. Un amable querubín le dio un turno de atención. 

Poco después, Laura fue llamada a entrar al despacho principal. Un portón de madera labrada se abrió lentamente para dejar ver una oficina amplia e iluminada. De espaldas, un hombre con cabello cano estaba sentado frente a la chimenea.

—Así que deseas una cancelación total de vida... —enunció con voz clara y firme al tiempo que giraba el sillón de cuero—. Me preguntó por qué, teniendo el expediente más limpio que haya visto. Con tu récord, muchos me pedirían volver con sus seres queridos, o sus alas definitivas para quedarse conmigo en el paraíso...

Laura se acercó al escritorio de caoba. Un olor a incienso inundaba el espacio, casi como un templo zen. 

—Primero dígame si estoy hablando con el jefe a cargo, el que toma las decisiones aquí.
—Que yo sepa, nadie tiene más jerarquía que yo — afirmó el Señor—. Por favor, siéntate. Ahora, responde a mi duda.
—En está vida me esforcé en ser una buena esposa, tía y amiga. Decidí no tener hijos porque mi esposo viajaba mucho y no hubiera podido estar con nosotros. Fui muy feliz con él. Un hombre maravilloso que espero aún viva poco más. Fui buena vecina; ayudé a mis semejantes en lo que pude. Nunca tuve vicios ni traté mal a los animales. Pues bien, todo esto me hace una persona modelo, si usted no piensa lo contrario.
—Para nada. Coincido contigo. Puedes tutearme, por cierto. No me hagas sentir viejo.
—Perfecto. Volviendo a lo mío, ese expediente limpio me da el derecho de pedir lo que deseo para la eternidad. Es lo de menos, ¿No? Y yo pido desaparecer. No quiero otra vida terrenal. Tampoco una celestial. Solo quiero disolverme como humo, no tener consciencia de nada ni de nadie. No quiero quedarme en el cielo para ver sufrir y morir eternamente a mis sobrinos, la única familia que me queda.
—Pero dentro de poco, tu esposo vendrá, y ya no estarás sola.
—Yo ya me despedí de él, le he dicho lo que debía y perdonado lo que me haya hecho alguna vez. Estoy en paz. Ya no deseo verlo más. No comprendes, ¿Verdad? Quiero ser libre de toda atadura con el mundo terrenal.

El Señor se levantó de su butaca y fue hacia la ventana. La aurora brindaba un precioso espectáculo de colores. Se quedó unos minutos en silencio, pensando.

—Tu esposo no fue el amor de tu vida, ¿Cierto? —  tranquilamente—. Si lo hubiera sido, tendrías ganas de verlo de nuevo. Las heridas profundas de amor siempre desembocan en huída. Las personas ya no desean bajar a la Tierra por temor a sufrir por amor. 
—Deberías respetarles ese deseo —advirtió Laura mientras se acercaba a la chimenea—. Hace frío aquí.
—Solo tú lo sientes —explicó el Señor, volviendo a su silla—. Estás en coma. Tu cuerpo pierde calor rápidamente. Por otro lado, no puedo hacer lo que dices. Yo soy el que dirijo el destino de las personas, mi sabiduría me permite elegir lo mejor...
—Una cosa es la sabiduría, y otra, el autoritarismo.
—¿Acaso me equivoqué al elegir a tu esposo? Fue un compañero excelente contigo. 
—¿Quieres decir que el libre albedrío es una falacia? ¿Al final se hace lo que tú dices?

El Señor sirvió dos tazas de café y le dio una a Laura, que temblaba de frío.

—Te están resucitando y necesitas calor.

Laura bebió dos sorbos que le supieron a gloria, literalmente. La temperatura de su cuerpo subió. Aquel aroma de café tostado le trajo a la mente el restaurante en el que había conocido a Walter. Ella, con dieciocho años, iba a ese sitio todos los jueves para acompañar a su tía en sus tardes de amigas. Para no aburrirse, salía al balcón para dibujar paisajes. Walter, el joven camarero alemán que siempre las atendía, se esforzaba por hacer plática en un atropellado español. Con el tiempo, se hicieron amigos y, tiempo después, novios a escondidas. Laura se enamoró perdidamente del extranjero y creyó sus promesas de amor eterno. 

El telón cayó un jueves, cuando Walter no estuvo en el restaurante. El gerente dijo que había regresado a Alemania con su esposa. Desde entonces, el corazón de Laura se había fracturado permanentemente. Nunca más pudo amar en plenitud a nadie, ni a su marido. En el fondo, aquel primer amor le había robado las ganas de querer sin medidas. 

—Dejó dicho lo de la esposa para que no lo siguieras, pero no era verdad—afirmó el Señor—. Te amaba mucho, pero se sentía inferior a ti. Pensó que nunca podría darte la vida que te merecías. En mi defensa diré que habrías atado tu existencia a un hombre inseguro y celoso, que probablemente te hubiera maltratado y humillado para cubrir su carencia emocional. Con el paso del tiempo, tu recuerdo lo hizo sentir tan culpable, que comenzó a beber sin parar. Después, ya maduro, se regeneró y puso un restaurante con tu nombre en Berlín. Nunca se casó o tuvo hijos. En el momento de morir, me pidió perdón por haberte dejado.

Laura sollozaba en silencio mientras escuchaba al Señor. A pesar de todo, nunca había dejado de desear volver a ver a Walter. Lo habría perdonado. Siempre.

—Podría aceptar tu solicitud de cancelación definitiva ahora,  y te convertiría en polvo de estrellas para polinizar otros mundos venideros, pero romperé mis propias reglas. Te diré que en tu siguiente vida, te volverás a encontrar con Walter. Ambos están listos para ello. La decisión es tuya. Te dejaré a solas un minuto. ¿Ves esos dos botones sobre el escritorio? El blanco es para reencarnar. El negro, para desaparecer. 

El Señor salió del despacho mientras encendía su pipa. Laura se limpió las lágrimas, respiró hondo y se dejó llevar por su libre albedrío.

Fin.

martes, 4 de junio de 2019

#Cuento #Suspenso #Drama

El escape de las seis


Mariela cerró el archivero donde guardaba sus documentos de trabajo. Miró por segunda vez el reloj de pared, el cual le dio la esperanza que en breves instantes, la hora de salida sería una realidad. En aquella fría oficina de color verde musgo y muebles pasados de moda, las seis de la tarde marcaron el fin de la jornada. La chica se puso el abrigo, tomó su bolso y se dirigió a la salida del edificio, como otras decenas de oficinistas de rostros parcos e inexpresivos. El lago humano que inundó la salida se disolvió lentamente entre las puertas giratorias, desembocando ansioso en la avenida principal de la ciudad.

La chica caminó tres cuadras, dobló a la izquierda y avanzó dos más. Cruzó la calle, entró a un modesto edificio, subió las escaleras hasta el tercer piso y entró a su apartamento. Dante, el gato amarillo que fungía como acompañante, le recibió apostado despreocupadamente en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. Sonó el teléfono y la voz de su madre al otro lado del auricular la cuestionaba como siempre sobre cómo había ido el día, con quién había tomado el almuerzo, qué ropa llevaba puesta y si había cruzado palabra con alguien más en la oficina que no fuera Bertha, la secretaria del jefe. A pesar de vivir sola desde hacía tres años, Mariela parecía estar aún demasiado conectada con los conflictos internos y enfermedades imaginarias de su madre, quien no vacilaba en mantenerla en vilo con la incertidumbre de que, con tantas afecciones, no tardaría en morir un día.

Luego de colgar el teléfono, la oficinista dio de comer al gato, sirvió un vaso con leche y fue a su habitación, dispuesta a descansar. En ese momento recordó a Bertha, quien le decía que dormía muy tarde por quedarse a charlar con sus amigos en redes sociales. Mariela nunca la tomaba en serio. Pensaba que aquello era inútil y frívolo o, mejor dicho, su madre era la que lo creía así.

Al día siguiente, Bertha la invitó a almorzar. En el camino al restaurante, la secretaria comentó que se encontrarían con una sorpresa al llegar. Mariela no recordaba la última vez que la habían asombrado.

En el restaurante, la camarera las llevó a la mesa de siempre. Unos segundos después, un hombre apuesto, de unos treinta y tantos años, vestido con un traje costoso y el pelo engominado, apareció frente a ellas. Se presentó como Daniel. Bertha lucía sonrojada y nerviosa. Lo saludó con la mano casi temblorosa y lo invitó a sentarse. Presentó a Mariela y pidió el menú del día para los tres.

— Disculpa, pero serán cuatro —refirió el hombre a la camarera—. Un amigo viene a comer también... ¿te molesta? —cuestionó amablemente a Bertha, quien se limitó a negar con la cabeza—. Está bien, señorita, cuatro menús entonces, y también una botella de vino.

— Yo no bebo —murmuró Mariela—. Pero ustedes…

— Tenemos que festejar que al fin conozco a Bertha luego de dos semanas de conocernos por internet —argumentó Daniel. 

Bertha sonreía mecánicamente, totalmente inhibida ante la seguridad que proyectaba Daniel. Antes que la camarera regresara con los menús, el agregado apareció frente a la mesa.

— Pablo, por fin—dijo Daniel, indicando al visitante el asiento vacío en la mesa—. Te presento a Bertha, y ella es su amiga…

— Mariela —balbuceó la chica un tanto nerviosa, estrechando brevemente su mano entre la del recién llegado—. Mucho gusto.

Pablo vestía un traje oscuro de línea fina y corbata de seda. El cabello rubio perfectamente peinado, la loción exquisita, los ojos claros…todo en él fue como una poesía que dejó perpleja a la tímida chica. La comida transcurrió de forma agradable para unos, incómoda para los otros. Daniel no dejaba de mirar a Mariela y de rozarle la rodilla por debajo de la mesa. Pablo intentaba hacer conversación, pero no podía dejar de observar el escote de Bertha. La secretaria se moría por captar la atención de Daniel, mas su esfuerzo fue infructuoso. Mariela separaba cada vez con menos ganas la pierna derecha para no ser rozada con la de Daniel, pero sin dejar la mirada sobre Pablo.

La camarera sirvió el vino. Daniel propuso un fingido brindis por conocer a Bertha. Las miradas de los comensales se cruzaron de un lado a otro como líneas de luz atravesando el líquido rojizo de las copas.

Cinco minutos antes de las tres, el grupo se despedía frente al edificio de oficinas. Daniel colocó disimuladamente su tarjeta personal en el bolso de la chaqueta que llevaba puesta Mariela al tiempo de darle el beso de despedida en la mejilla. Pablo susurró al oído de Bertha que deseaba verla de nuevo, mientras ella intentaba besar en la boca a Daniel como señal de despedida, pero él se giró un poco para evitar el contacto. Mariela se petrificó al tocar de nuevo la mano de Pablo, limitándose sólo a sonreír.

Bertha no mostró ninguna reacción durante la tarde pero, cuando coincidió con Mariela en el baño de la oficina, no pudo evitar expresar su inconformidad ante la aparente inclinación de Daniel por ella.

— ¿Qué te pareció mi novio? —preguntó sarcásticamente al tiempo de pintarse los labios de color rojo—. ¿No es encantador?

— Claro, pero…no sabía que ya eran novios —contestó Mariela, un tanto sorprendida—. Lo conoces hace muy poco…

— ¿Y eso qué? Somos el uno para el otro. De eso estoy segura. Por cierto, me da gusto que hayas tenido química con Pablo —comentó la secretaria en tono serio—. Quién sabe, tal vez habrá una boda doble dentro de poco.

Mariela rompió en una sincera carcajada, como hacía mucho no mostraba. No solía reír en voz alta, pero aquel comentario le produjo mucha ironía. En el fondo, sabía que nadie como Daniel o Pablo se fijaría en ella.

Poco antes de las seis, Mariela observó el reloj, guardó sus cosas en el archivero, esperó la hora, salió del edificio despidiéndose de Bertha y se fundió entre la ola de oficinistas para luego cruzar las puertas giratorias, caminar tres cuadras sobre la avenida, doblar a la izquierda, avanzar dos más. Cruzó la calle, entró a su edificio, subió las escaleras hasta el tercer piso y encontró a Dante apostado en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. Sonó el teléfono y la voz de su madre al otro lado del auricular se diluyó en la imagen que tenía grabada con los ojos de Pablo.

En esta ocasión, pensó, tenía algo diferente qué contar a su madre, pero decidió que guardaría el secreto. Por fin había algo interesante en su vida. Se acercó al espejo del salón mientras escuchaba las mismas frases de siempre, soltó su cabellera rizada y sonrió. Casi no se reconocía, pero se sintió renovada. Luego de colgar el teléfono, dio de comer al gato, sirvió un vaso con leche y fue a su habitación, dispuesta a dormir. En ese momento recordó a Bertha, quien le decía que dormía muy tarde por quedarse a charlar con sus amigos en redes sociales. Entonces buscó en el clóset el regalo que se había ganado en la rifa que su jefe realizaba en Navidad. Despojó la caja de los sellos y sacó un flamante portátil rojo. Lo encendió, conectó a internet y se sentó cómodamente en su cama. Creó un perfil en la misma red social en la que estaba inscrita Bertha, buscó a Pablo y envió una solicitud de amistad mientras los nervios casi la traicionaban. Para su sorpresa, minutos después, fue Daniel quien le envió un ofrecimiento de amistad. Pablo nunca contestó. Mariela aceptó la solicitud y observó al hombre sonriendo en la pequeña foto del perfil, con un brillante punto verde al lado. Al primer “Hola”, siguieron horas de risas y coqueteos. El reloj de pared insistía en mostrar lo tarde que era, pero Mariela lo ignoró. Pasadas las dos de la mañana, la charla terminó con la promesa de una cita.

Al día siguiente, Bertha comentó que Daniel no había estado disponible en internet para hablar como siempre lo hacían. Se mostró preocupada ya que tampoco atendía el teléfono móvil y en su oficina decían que estaría fuera todo el día en una reunión de negocios. 

Minutos antes de las seis, Mariela ya estaba lista, con sus cosas guardadas en el archivero, sentada al filo de la silla, nerviosa y emocionada a la vez. Bertha la veía de reojo desde su escritorio. A las seis en punto, la chica salió casi corriendo de la oficina.

Por primera vez, Mariela sintió que el mar de oficinistas era mayor que de costumbre. Los segundos le parecieron días mientras cruzaba el vestíbulo y llegaba a las puertas giratorias. La calle la recibió con una excitación citadina que le pareció grandiosa. Los edificios, los autos, la gente inundando las aceras, todo fluía en perfecta armonía con los latidos crecientes de su corazón. Mientras caminaba las tres cuadras sobre la avenida, se soltó el cabello, roció su cuello con perfume, puso brillo en sus labios. Respiró hondo antes de doblar a la izquierda, ya que tenía miedo que aquél sueño fuera irreal, pero los temores infundados desaparecieron al ver a Daniel recargado en la puerta de su auto rojo, justo donde habían quedado. Él la recibió con una sonrisa y un tímido beso en la mejilla. Subieron al auto sin decir palabra. Eran las seis y doce minutos. En el apartamento de Mariela, la contestadora atendió las llamadas. Dante se quedó dormido en el sofá del salón, sabiendo que la merienda llegaría más tarde.

Sin que Daniel lo sospechara, Pablo había decidido acercarse a Bertha, por lo que en ese instante llegaba a la puerta del edificio de oficinas con un gran ramo de flores. Ella se sorprendió, pero no se negó a recibirlas. Intuyendo que algo iba mal, le pidió al conquistador que la llevara a dar una vuelta en su auto. Él aceptó y recorrieron algunas calles cercanas. Bertha no escuchaba lo que su acompañante le decía; sólo observaba a su alrededor. Fue cuando un semáforo se puso en alto que, a través del cristal de un restaurante italiano, vio a Mariela y Daniel sonriendo animadamente. El semáforo cambió a verde. Pablo avanzó el coche. En un impulso, Bertha giró el volante y apretó el acelerador sobre el pie del conductor. El auto se clavó como una saeta en el muro del restaurante, explotando el ventanal en mil añicos. Decenas de cubiertos, vasos y floreros volaron por todas partes. Pablo quedó inconsciente, con el rostro hundido en la bolsa de aire. Bertha logró salir del coche solo para darse cuenta que no sólo había sido el ventanal lo que estaba roto, sino también una amistad. No pronunció palabra, ni siquiera cuando la policía la apresó mientras observaba a Mariela y Daniel inmóviles sobre el piso.

Un mes después, el reloj de la oficina marcó las seis. Mariela guardó sus cosas en el archivero mientras la imagen del escritorio vacío de Bertha le producía tristeza al saberla en problemas por tener que pagar los daños del accidente. Sin embargo, lo afortunado era que Pablo saldría del hospital en unos días y tenía ánimos para nuevos proyectos, ya sin la idea de conquistar a quien le había hecho tanto daño. 

Mariela fue hacia la salida, caminando lentamente entre las personas. Al cruzar la puerta, vio a Daniel recargado en el auto rojo. Se alegró de ver que estaba mejor de salud. Subieron al coche para dirigirse al apartamento, donde Dante esperaba en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. El teléfono sonó como siempre. La contestadora atendió la llamada, ya que el abrazo en el que se fundían Mariela y Daniel parecía no terminar.

martes, 7 de mayo de 2019

#relato #terror #LesTodes #RetoBurdick

La silla maldita

Los marqueses LeBlanc habían intentado concebir un heredero durante dos años sin lograrlo. Desesperados, acudieron con una hechicera que vivía en lo más alejado de la montaña. El elegante carruaje dorado avanzó sobre las intrincadas veredas bajo la pálida luz de la luna. El camino terminó abruptamente. El lacayo detuvo el coche e inspeccionó el terreno. Una figura oscura y lánguida apareció entre la maleza. No se le veía el rostro bajo la capucha negra que portaba.

—Dile a tus señores que me sigan. No tenemos mucho tiempo —indicó con su voz tipluda, y adelantó el camino.

Los marqueses entraron a la casucha de piedra y palma. El interior estaba medio iluminado con algunos velones de cera. Sin preámbulos, la mujer entregó a la marquesa una botella que contenía un líquido azul.

—La luna se verá roja a la medianoche —advirtió—. Deberás beber está pócima y seguir intentando concebir por seis días. Al séptimo, tu vientre se quedará preñado.
—Muchos de mis conocidos han venido a verte —dijo el marqués, entregando a la vieja una bolsita de cuero con monedas de oro—. Si lo que prometes es cierto, te doblaré la paga.
—Cuando tengas a tu séptimo hijo, nos volveremos a ver, y aceptaré tu oferta.

Los marqueses dieron media vuelta para irse. 

—Una cosa más — rumió la bruja—. Por cada hijo que tengan, deberán construir una silla labrada. 

Aquella petición extrañó a la pareja, pero no hicieron más preguntas. Acataron los deseos de la hechicera al pie de la letra.

Fue así que la marquesa quedó embarazada al séptimo día luego del eclipse. Un niño bello nació meses después entre la algarabía del pueblo. El marqués cumplió su promesa y mandó construir una fina silla de caoba, la cual fue colocada en el salón de recepciones.

Sin embargo, una nube de tragedia se posó sobre el palacio. El primogénito murió sin explicación médica a los siete días de nacido. El dolor de la marquesa se convirtió en dicha cuando quedó encinta por segunda vez, pero la historia se repitió. El pequeño falleció al séptimo día, y su silla colocada en el salón. 

La vorágine de muertes no se detuvo. Otros cuatro hijos más sufrieron la misma suerte. Seis sillas de caoba vacías adornaban la escalinata de los herederos invisibles. 

Cuando el séptimo hijo vino al mundo, los marqueses estaban temerosos de perderlo como a los demás pero, para su beneplácito, nada ocurrió al séptimo día de vida, ni al octavo ni al noveno. El niño parecía sano y feliz. La noche en que el marqués colocó la silla en el salón, regresó a ver a la bruja con la segunda bolsa de oro entre las manos.

—Un trato es un trato, y lo has cumplido bien — dijo la mujer en tono burlón—. Seis almas puras me has regalado a cambio de una...y dos bolsas de oro. No está mal. Ahora viviré seis siglos más. 

Una carcajada siniestra inundó la cabaña. El marqués emprendió la retirada con un sentimiento extraño de traición dentro del cuerpo. 

—Por cierto —advirtió la bruja—. No se te ocurra deshacerte de las sillas vacías, o te quitaré a tu único hijo. En esas sillas viven las almas de aquellos niños que perdiste, y que me dan fuerza y vida. No los ves, pero ahí están. Disculpa los inconvenientes.

El marqués abordó su carruaje y volvió al palacio, mientras por su rostro corrían seis lágrimas amargas y tristes.



domingo, 28 de abril de 2019

#poesía

Amor intrépido

Y, de repente,
aparece el amor
en forma insospechada,
camuflada, mágica.
En corazones lejanos,
bombeados con sangre de sueños.
Son tu familia
porque se lo han ganado.
Te aman sin condición
ni presión social.
Ese amor está entre palabras,
exorciza la levedad,
te da pertenencia.
Nunca esperes hallarlo
en lo cotidiano.
Lo encontrarás allí
donde te atreves
a desvelar el misterio
de lo desconocido.