miércoles, 29 de diciembre de 2021
#ProsaEspontánea #relato #misterio
domingo, 12 de septiembre de 2021
#ProsaEspontánea #cuento #suspenso
El precio del alma
Liz Solórzano
Llovía a cántaros cuando los de la funeraria llegaron por Don Manuel. Amelia, el ama de llaves y fiel cuidadora del finado, abrió la puerta de la sala. El hombre yacía sobre el sillón, boca arriba, con un rictus de amargura en el pálido rostro. Los de la funeraria se santiguaron, y llevaron el cuerpo hacia la vagoneta.
En el camino, la lluvia arreció.
- ¿Es cierto lo que se dice del viejo, Anselmo? -preguntó el empleado más inexperto.
- Que viene de una familia maldita, eso lo creo -respondió con firmeza el hombre-. Todos han muerto solos. Mi abuelo nos contaba que el bisabuelo de éste, iba un día por la sierra, cuando se le apareció un hombre vestido de negro y con un maletín en las manos. Le ofreció la mayor fortuna a cambio de las almas de todos los descendientes. El viejo aceptó, y fue entonces que todos sus nietos y nietas fallecieron sin más. Los hijos se fueron muriendo también, y solo quedó Don Manuel, el menor de ellos, para cargar con el peso de la maldición.
- Entonces, ¿se terminó? -cuestionó ingenuo el chico.
Un rayo cayó sobre un gran pirul. El tronco impidió el paso de la carroza, haciéndola virar como un trompo barranca abajo. Los empleados salieron disparados hacia la corriente del río, y desaparecieron entre ramas y oleadas. El féretro se deslizó hacia la orilla fangosa, quedando abierto.
Tras varias horas sin recibir la llamada de la funeraria, Amalia se dispuso a investigar qué había sucedido. En el camino ya iban patrullas y bomberos. La lluvia había cedido paso a la profunda oscuridad del bosque. Los rayos blancos de luz de las linternas atravesaban la espesura de los pinos y pirules.
Amalia esperaba al borde del acantilado, con las manos entrecruzadas sosteniendo un rosario, balbuceando rezos sin parar. El comandante de policía le salió al encuentro entonces, diciendo que el cuerpo de Don Manuel no estaba en el féretro.
La mujer, envuelta con un rebozo de lana, se tambaleó. Había llegado el día tan temido. El de la venganza contra el diablo.
Una patrulla la llevó a casa. El eco de sus pasos se escuchó por aquella solitaria casona victoriana llena de sombras y recuerdos. Encendió la chimenea. Mientras los pedazos de madera seca tronaban, la memoria de la mujer viajó viente años atrás, justo al día en que ella había llegado a trabajar con los Montero, recomendada por una tía.
Recordó cómo le había impresionado tanta opulencia. Vajillas de plata, viajes al extranjero, autos de lujo, fiestas ostentosas hasta la madrugada. Los seis hijos Montero eran conocidos en el pueblo como "los ricos".
Pero, de un momento a otro, de un año a otro, cada uno de ellos fue cayendo en raras enfermedades, delirios, locura. En veinte años habían enterrado a cinco.
Cuando quedó solo, luego de perder a su esposa e hijo en un accidente de auto, Don Manuel se aficionó a lecturas sobre magia y ocultismo, conjuros y hechizos medievales. Viajaba constantemente a cualquier país del mundo con tal de conseguir antiquísimos ejemplares considerados como malditos. Hizo de la biblioteca un sitio de culto oscuro. Los anaqueles eran portadores de recetas mágicas y rituales paganos. A todo eso, una espeluznante colección de figuras satánicas rodeaba el enorme escritorio de ébano en donde Don Manuel pasaba días enteros, leyendo bajo la lupa aquellos tomos amarillentos y con olor a humedad.
Apenas hacía pausa para sus necesidades básicas. Comer, ir al baño, fumar su pipa, y de inmediato, volver a la obsesión que le consumía la vida poco a poco.
Los gallos del granero hicieron su acostumbrado alboroto vespertino. Amalia se había quedado dormida en el sofá. Se levantó de un tirón, también por los toques en la aldaba de la puerta.
Era el comandante Martínez, para comunicarle que habían encontrado los cuerpos de los empleados de la funeraria, pero el de Don Manuel continuaba en extravío. La mujer palideció. En sus adentros, le resultaba casi imposible creer que la hipótesis de su patrón podía estar sucediendo.
El policía notó la preocupación en el rostro de Amalia. Ella lo invitó a pasar. Sirvió café. Entonces rompió la promesa que había hecho a Don Manuel años atrás. Decidió contar lo que sabía.
El comandante la escuchaba casi atónito. En toda su carrera, no se había encontrado con tales argumentos.
- Entonces, Amalia, ¿usted piensa que en verdad Don Manuel halló en sus libros la forma de vencer a la muerte para vengarse del diablo? -cuestionó el policía, aún sin creer en sus propias palabras.
- Don Manuel hizo un conjuro poderosísimo en el que invocó al maligno. Fue una noche de tormenta, igual a la de ayer -empezó a narrar la mujer-. Aquella noche, vine a traer la cena para el patrón. El no había comido nada en todo el día. Estuvo encerrado en este despacho a piedra y lodo. Le dejé la charola sobre el escritorio y, sin siquiera mirarme, me pidió que dejara la puerta entreabierta. Me mandó a dormir, pero a mí me extrañó su actitud, así que me quedé en el recibidor, limpiando la plata, haciendo tiempo por si él necesitaba algo. Y así fue. Poco después de la medianoche, escuché un alarido que me erizó la piel. Cuando entré al despacho, una nube de humo negro y pestilente a azufre, envolvía a Don Manuel y luego salía por la ventana. El patrón quedó desvanecido encima del escritorio. Le di una copa de whisky para reanimarlo. Cuando estuvo más calmado, me confesó que el conjuro antiguo que había hecho, había funcionado. Como te veo ahora, dijo, se apareció Satanás.
Don Manuel lo retó. Le propuso vencer a la muerte para no tener que ofrendarle su alma a cambio de que eliminara la maldición de la familia Montero. El diablo echó una carcajada siniestra, pero aceptó la apuesta.
Entonces, Don Manuel puso en práctica lo que había leído que debía hacer. Al darle la mano al diablo para sellar el pacto, rasguñó aquella torcida mano con un abrecartas que llevaba debajo del puño de la camisa. El diablo pareció no darse cuenta, y se esfumó. Ese fue el instante en el que yo entré.
Recuerdo perfectamente haber visto el abrecartas manchado de sangre, y la sonrisa del patrón. Limpió con la lengua el filo de la hoja y tragó aquel líquido maldito. Enseguida se convulsionó, y cayó muerto. Sobre el escritorio había una carta dirigida a mí. Me explicaba que la única forma de volver de la muerte, era bebiendo la sangre del diablo.
Amalia sacó la carta de entre sus ropas y la entregó al policía, quien la escuchaba sin salir de su asombro.
- Usted puede pensar lo que guste de lo que le acabo de contar, comandante -dijo ella, sentándose frente a la chimenea-, pero Don Manuel volverá. Lo sé.
- Agradezco su confianza -advirtió el comandante, al tiempo de levantarse y encaminar a la puerta-. No tengo cierto que su testimonio pueda ser usado, usted se imagina, por la naturaleza paranormal que conlleva, pero conservaré la carta de igual modo. Estaremos en contacto.
El comandante salió al patio seguido por Amalia. Fue entonces cuando todos los argumentos lógicos se vinieron abajo. Ahí, de pie junto a los geranios del jardín, estaba Don Manuel Montero. Se le notaba lozano y feliz. Amalia y el policía se quedaron de una pieza observándolo, en silencio.
Don Manuel caminó hacia ellos sin ninguna dificultad. Sacó su pipa del bolsillo y la encendió.
- Supongo que ya le habrán puesto al corriente sobre mi asunto -dijo sin pudor al policía-. Pues bien, le aseguro que no está usted loco, ni soñando, comandante. Estoy vivo. Más que ayer y que nunca. Le he ganado la apuesta al diablo. He recuperado mi alma y roto la maldición de la familia Montero. En cuanto a su informe, hágame favor de indicar que sufrí un caso de catalepsia. Solo eso. Ahora, si me disculpa, necesito una ducha y un café. Que tenga buen día.
Ante el asombro del policía y la discreta sonrisa de Amalia, Don Manuel entró a su casa silbando una vieja canción.
FIN
lunes, 12 de abril de 2021
#ProsaEspontánea #relato #terror #misterio
La sangre del diablo
Por: lixysol
El viajero cargaba un maletín de cuero y un abrigo. La estación de tren estaba casi desierta luego del último descenso del día. La bruma comenzaba a alfombrar el andén.
—Buenas tardes—saludó cortésmente al encargado, quien ya cerraba la oficina—. ¿Sabe si puedo conseguir un transporte? Necesito llegar a la abadía...
—No lo creo, señor— dijo, echando el cerrojo con fuerza—. Los cocheros no trabajan de tarde. Y menos, van hacia allá...es un camino oscuro.
El encargado caminó hacia una vieja carreta estacionada al lado de la oficina. Subió sin reparo.
—Y usted, ¿podría llevarme? —preguntó el viajero, mostrando varios billetes—. Por favor.
El hombre dudó un segundo, e hizo una seña de aprobación. El otro subió a la carreta de un salto.
—Le agradezco mucho. Soy Luis Ferrada. Vengo del Museo Nacional para una investigación.
—¿En la abadía? —cuestionó el hombre con curiosidad—. Pero si esos monjes han estado aislados del pueblo por años. Todo desde...
Un tramo empedrado hizo repiquetear las maderas de la carreta. Ese breve silencio puso en alerta al investigador.
—Desde...¿Qué?
—Desde que se comenzaron a morir los monjes— dijo con recelo el hombre—. Así nomás, sin motivos. Uno a uno. Dicen que no es una orden religiosa, sino una secta, y adoran al diablo cada Samhain. Hacen un aquelarre y le ofrendan a alguien, para que les siga dando cosas.
—¿Qué tipo de cosas?—inquirió el viajero con cierto escepticismo.
—Placeres—respondió el hombre sin pausa—. Oro, mujeres, vino...¿Cómo se explica usted que hayan sobrevivido en ese aislamiento sin salir a mendicar, ni oficiar misas, ni pedir dádivas a los ricos? Un primo mío fue su jardinero por un tiempo, y me contó que es el sitio más lujoso que haya visto jamás. Un verdadero palacio, con espejos y muebles dorados. El lo vio a través de los ventanales, que siempre están cerrados. Fue un descuido. Entonces el prior lo amenazó con quitarle sus tierras si decía algo. Mi primo salió de allí corriendo antes de que le lanzaran alguna maldición.
Luis escuchaba al hombre con atención. Le costaba creer en aquellas aventuras, pero, en el fondo, sintió una sugestión extraña.
Minutos después, la carreta se detuvo.
—Hasta aquí llego, señor—dijo el hombre, extendiendo la mano—. Vaya por ese sendero, y a unos diez minutos, verá la abadía.
—¿Podría volver por mí mañana?— preguntó Luis, al otorgar el pago convenido.
—Tengo un viaje a la ciudad para cuestiones de la estación y no volveré hasta el viernes. Tendrá que pedir posada por dos noches en la abadía o volver a pie. Según sé, los monjes no tienen carretas...
—Está bien—asintió el viajero—. Lo veré el viernes. Gracias.
Luis tomó su equipaje, se puso el abrigo y caminó por el sendero indicado. Tal y como lo dijo el hombre, la abadía apareció recortada sobre una colina. Un caminillo de piedra le llevó hasta el viejo portón. La aldaba gótica en forma de dragón hizo eco en la noche. Tras un silencio, la cerradura se abrió. Un monje anciano dio las buenas noches.
—Buenas noches, Padre. Soy Luis Ferrada, del Museo Nacional. Recibimos una carta de su prior para venir por unas antigüedades en donación.
El religioso dudó por un momento. Luego pareció entender la situación.
—Claro, pase. Usted disculpe, mi memoria ya no es la mejor.
El portón se cerró de golpe a espaldas de Luis. Ante él, un patio grande y oscuro. Se vislumbraban pasillos rodeados de pinos y abetos. El fraile lo guió bajo la mortecina luz de una antorcha hasta una celda pequeña y austera.
—El Padre Prior ordenó que le brindara la celda de viajeros —dijo el monje, encendiendo una lamparilla de aceite—. Hay sábanas y mantas en ese armario. El desayuno se sirve a las siete en punto. Que pase buena noche.
El anciano abandonó la celda en un instante. Luis no tuvo tiempo ni de agradecerle. Subió la luminosidad de la lámpara, colgó su abrigo y se recostó en el duro colchón. El cansancio le venció hasta la hora en que una campana anunció el desayuno.
Se lavó la cara en la bandeja de Talavera, se cambió de ropa y fue hacia el refectorio. Los monjes servían cuencos de leche y hogazas de pan con queso en total silencio. Luis comió un poco incómodo, pero los alimentos le dieron energía y tranquilidad. Al final, el Prior le llamó a su despacho.
De un viejo mueble de roble, salieron varias antigüedades magníficas. Libros, candelabros, crucifijos. El Prior pidió máxima discreción, ya que se trataba de objetos heredados de anteriores órdenes, pero, dijo, querían que el mundo los admirara en un museo. Luis se puso de inmediato a catalogar. Pensó que, después de todo, le vendría bien quedarse dos días para terminar. El Prior se disculpó. Dijo tener algunos pendientes, y salió del despacho con paso rápido.
—Todos tienen prisa por ir a algún sitio—murmuró Luis con ironía.
Las horas pasaron sin sentir. Un fraile le llevó vino y sopa al mediodía. De ahí, el investigador volvió a su celda alrededor de las ocho. Los pasillos del convento estaban desiertos, desprovistos hasta del mínimo ruido. De repente, un rezo lejano llamó su atención. Sonaba como un mantra, repitiéndose una y otra vez. Su curiosidad pudo más que el cansancio. Intentó seguir el sonido entre los pasillos, hasta llegar a un ala apartada del edificio. Parecía una iglesia en ruinas.
Totalmente intrigado, Luis continuó buscando. Al otro lado de aquel casco derruido, una barda de enredaderas escondía la mansión más impresionante que pudiera imaginar. Tras los ventanales de cristal, se apreciaba una gran fiesta de máscaras. Baile, vino, risas...
¿Estaré soñando?, se preguntó Luis. A su mente vino la conversación con el encargado de la estación de tren. ¿Y si la historia de su primo era cierta? No. Era una locura. Seguramente aquella barda dividía el convento de otra propiedad. Serían entonces los vecinos celebrando alguna cosa.
Suspiró. Un poco más tranquilo, volvió a su celda y cayó rendido.
El día siguiente no fue distinto. Desayuno, catalogar, almuerzo, catalogar, volver a la celda, escuchar los rezos, llegar a la mansión, ver otro baile. Aquello parecía un bucle de tiempo, o acaso estaría perdiendo la cordura.
El jueves tuvo el mismo itinerario. Esta vez se proveyó con la vieja cámara fotográfica con la que estaba realizando el catálogo. Le quedaban dos cartuchos útiles, así que no podía desperdiciarlos.
—Muy bien, invento del siglo, necesito de tus cualidades— le dijo al objeto—. Será mejor que, al revelar, me muestres algo interesante.
Escondido en las enredaderas, tomó dos fotografías. La luz del flash quemado se camufló entre los rayos de la luna.
Ya en su celda, empacó todo perfectamente, con la intención de salir volando de allí por la mañana. El señor de la estación lo recogería a las siete, por lo que se iría mentiras todos desayunaban. Y hasta nunca. Ese sitio le daba ya escalofríos.
Al doblar en el pasillo, el Prior le salió al encuentro.
—No me diga que se marcha ya, señor Ferrada— dijo el religioso con cierta molestia.
—El transporte vendrá por mí en breve y debo aprovecharlo, Padre —se exculpó—. Volveré pronto, cuando el Museo autorice su generosa donación.
—Es una lástima —advirtió el monje—. Pensaba que hoy podía mostrarle el objeto más antiguo y valioso que deseamos donar al museo. Fausto, el encargado de la estación, volverá por usted más tarde. No sé preocupe, le pagaré muy bien.
El nudo en el estómago que había sentido Luis, desapareció para dar paso a la gula de la ambición histórica. Tanto esperaba una oportunidad así para sobresalir en su trabajo y conseguir el puesto de director. Ahí tenía enfrente el camino. Dejó la maleta y siguió al Prior hasta una cámara subterránea, debajo de la sacristía.
El fraile abrió un viejo armario de madera tallada con grabados paganos. En una cápsula de grueso cristal, yacía suspendido un colgante de oro, relleno con sangre.
—Ahí lo tiene— celebró el religioso—. La única muestra de sangre del diablo que hay en el mundo entero. Fue recolectada por un monje durante el exorcismo de un santo. Dicen que vio a Satán tan claro como me ve usted ahora, y le enterró su crucifijo en una mano. Con un conjuro ancestral, el monje guardó la sangre que chorreaba de las venas del maligno en este dije. Chantajeó al diablo con darle lo que quisiera para devolver la sangre. El monje se convirtió entonces en el hombre más poderoso de su época, hasta que le fue robada la joya. Murió atragantado con su propia saliva, sin razón alguna. El ladrón fue ejecutado por su delito, y desde entonces, este preciado objeto ha pasado de mano en mano... hasta mí. Lo hallé tirado en la entrada del convento, como si una señal me indicara que podía tener todo lo que ansiara. ¿Recuerda usted la mansión? Es mi hogar. Nuestro hogar, diría. Mis hermanos y yo no carecemos de nada allí. Es nuestro premio a tanta pobreza.
—No me dirá que realmente desea donar esto al museo—dijo Luis, sin poder quitar la mirada del objeto.
—Por supuesto que no, querido amigo— el Prior sonrió—. Usted comprenderá que algo tan invaluable no puede, ni debe, cambiar de dueño. Solo que es un poco caprichoso. Me pide sangre nueva cada Samhain en prenda de sus favores.
Luis intentó escapar, pero una docena de frailes lo cercaron.
-—El señor de la estación vendrá...¡Tengo un testigo! —gritó el investigador, lleno de pánico.
—Seguro que Fausto le contó la historia de su primo el jardinero, ¿No? —dijo el Prior—. Pues el jardinero, era él. Desde entonces nos ayuda a traer la sangre nueva que necesitamos. Usted es el tercer investigador de algún museo del mundo que acude a nuestro llamado. Y, como todos, se sabrá que tuvo un accidente mientras caminaba ebrio por el bosque. Caerá a la cañada, y jamás hallarán un cuerpo. En fin. Es el momento.
La última imagen que tuvo Luis fue la de una horda de monjes echándosele encima. La leyenda de la sangre del diablo había sido salvada de nuevo.
FIN
jueves, 18 de febrero de 2021
#MismoInicioDiferenteFinal #ProsaEspontánea #Relato #Terror
La última cazadora
Por: @Lixysol
Reto: #MismoInicioDiferenteFinal
Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso, con letra desconocida, aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje:
"Rendezvous. 30 de febrero".
Se quedó pensativa mientras la ciudad se dormía de a poco. Solo las farolas de algunas calles titilaban bajo la noche espesa. Había temido tanto la llegada de esa noche, precisamente ésa...el ritual de iniciación marcado en el libro de sus ancestros. La luna llena se mostró entre enormes nubarrones.
"París...aquél París de hace cien años parece tan lejano ahora..."
Una presencia la sobresaltó.
— Sabía que acudirías a la cita. Nuestra estirpe debe renovarse —dijo una voz grave y conocida—. Todos esperan. Ven.
Linus tomó a Vaneshka de la mano y la llevó a un callejón empedrado. Un portón antiguo se abrió frente a ellos. En un enorme patio de cantera y gruesa vegetación, una decena de personas aguardaban la señal de la nueva reina para transformarse en licántropos.
—Adelante —incitó Linus—. La luna está en pleno.
Vaneshka avanzó al centro del círculo, cohibida por las miradas inquisidoras de sus compañeros. Tomó el libro sagrado y leyó en un idioma extraño los versos oscuros. La ceremonia estaba iniciada.
En cuestión de minutos, los asistentes se convirtieron en horribles criaturas nocturnas, con ojos fieros y colmillos puntiagudos. A punto estaban de salir a cazar, cuando el proceso de transformación se revirtió hasta reducir a cenizas los cuerpos moribundos. Linus, en su último aliento, preguntó qué había sucedido.
—Investigué hasta hallar la única forma de acabar con esta maldición—dijo Vaneshka, seria y ecuánime—. Leer los versos oscuros al revés. Me alegra tanto que funcionara...
—Tú... aún eres una de nosotros...—murmuró Linus.
—Estoy consciente de ello —advirtió ella—, pero tengo mucho qué hacer. Encontraré a los que queden, no importa dónde, y los destruiré.
—No...—dijo Linus antes de explotar en cenizas.
Vaneshka echó el fuego el papel de la cita, y prometió volver al Puente de las Artes cada cien años, por si llegaba a sus manos otra invitación.
FIN
sábado, 9 de enero de 2021
#ProsaEspontánea #relato #terror #drama
Un remitente siniestro
@lixysol
Con una taza de café en las manos, salió al balcón para revisar el motivo por el que el perro ladraba con tanta insistencia. Una paloma pinta, seria y ecuánime, estaba posada sobre el barandal. A Clara le llamó la atención el pergamino que llevaba en una de las patitas. Dejó el café, calmó al perro y se acercó a la paloma con mucho sigilo. El ave se dejó quitar el papelito y se anidó en un rincón, entre los macetones.
Clara desenrolló el mensaje amarillento. Con letra de molde, elegante y precisa, estaba escrito: "Sauces #26-B. 7:30. Entrada por panadería".
Sonó el timbre un par de veces. Clara guardó el papel y abrió la puerta. Sonriente, apareció Rita, su amiga de toda la vida.
—Buenos días, hermosa. Aquí tienes tu vestido. Quedó genial. Anda, pruébatelo.
Casi por inercia, Clara se probó el vestido enlentejuelado. Por un momento había olvidado que esa noche era la inauguración de su exposición fotográfica.
—Es mi mejor creación. Te quedó divino —dijo Rita—. ¿Ocurre algo, querida? Estás en otro mundo.
—No, nada...solo estoy un poco nerviosa por la expo.
—Todo saldrá perfecto, incluyendo lo de Daniel. Apuesto un riñón a que hoy hacen las paces. Hacen tan bonita pareja...su destino es estar juntos.
Clara sintió un vuelco en el estómago. Se quitó el vestido.
—Oye Rita...Tengo una cita con un galerista muy importante hoy a las 7:30. La exposición se inaugura a las 7, por lo que saldré corriendo a mi reunión. ¿Podrías entretener a Daniel en lo que regreso? Háblale de cine y no habrá problema. Juro que no tardaré más de una hora.
Rita asintió con la cabeza. Entre amigas, habían acordado nunca hacer preguntas al pedirse favores.
Esa noche, justo después de cortar el listón inaugural, Clara se dirigió hacia la calle de Sauces. Al llegar al número 26, se encontró con un salón de belleza. Preguntó a la dueña, una señora mayor, si en aquel sitio habría alguna panadería.
—La hubo —dijo, sin dejar de observar a Clara— pero de eso hace muchos años. Ya existía desde que vivía mi abuela, imagínate. Me encantaban los panes de avena. Luego la cerraron. Hace unos años, les compré el local, y aquí estoy. Pero tú eres joven...¿cómo puedes saber lo de la panadería?
—Mi abuela me contó lo de esos panes de avena, precisamente, y quise venir a buscarlos—dijo Clara, intentando parecer natural—. Perdón, no le molesto más... ¿hay salida a la calle de atrás? Es que ahí dejé el coche.
—Claro, pasa. Ahí está la puerta trasera. Atraviesa el portal de los apartamentos y sal por la reja.
Clara siguió las instrucciones. Justo antes de la reja, halló el directorio del edificio. En el 26-B figuraba un apellido deslavado, "Torelli".
Miró el reloj del recibidor. Eran 7 y 25. Unas personas salieron del ascensor. Clara aprovechó para entrar y pulsó el botón del segundo piso. El corazón le latía como un tambor de guerra.
Un pasillo largo, estrecho y alfombrado la intimidó. Suspiró hondo y caminó hacia el B. Iba a tocar el timbre, pero la puerta se abrió antes.
—Pasa —una voz masculina se escuchó desde adentro.
Clara sabía que no podía echarse atrás o, más bien, no quería. Entró al apartamento y cerró la puerta. Se quedó estupefacta. El sitio estaba decorado en art déco. Un fonógrafo tocaba un foxtrot. Sobre las paredes había fotografías en sepia. En el perchero del corredor colgaban abrigos de lana y a cuadros, sombreros de ala y dos bastones de Carey. Un hombre muy alto, vestido con una bata de descanso sobre traje gris, alimentaba a un par de canarios que revoloteaban dentro de una gran jaula blanca de pedestal.
Clara siguió avanzando para llegar al salón. El espejo del pasillo le devolvió una imagen que la dejó sin aliento. Estaba vestida con un traje sastre blanco, muy elegante, mascada sobre la cabeza y collar de perlas.
—Te ves preciosa, Eva —dijo el hombre frente a ella, con semblante amable y pipa humeante entre los labios—. Ven, te serviré una copa.
Clara se sentó en el sofá. Aceptó el vaso de whisky y le dio un buen sorbo.
—Mientras mi mujer no sospeche lo de la paloma, la seguiré utilizando —advirtió el hombre, sentándose al lado—. Tampoco espero que se entere pronto de este apartamento. Lo alquilé por unos meses, después ya veremos.
—¿Siempre estaremos huyendo? —preguntó Clara, para entrar en el juego—. ¿Palomas y rentas provisionales?
El hombre se mostró incómodo. Bebió el whisky.
—Sabes que no puedo dejarla. Por mi culpa está en esa maldita silla de ruedas.
—Un accidente...
—Ese camión nos embistió pero yo iba al volante...¡Yo! ¡Eduardo Torelli, el famoso tenor! Ya hace dos años de aquello y me persigue como si hubiera sido ayer. Por fortuna mi agente nunca reveló a la prensa que yo iba conduciendo...¡Pero al ver a Nadia todos los días, el pasado me atormenta!
—Tranquilo. No he venido a discutir.
El cantante encendió su pipa. Salió al balcón. Se veía más sereno.
—Debo irme —dijo Clara.
—¿No dijiste que tu marido vuelve hasta el lunes?
—Es verdad, pero estoy un poco cansada. Quiero irme a casa. Disculpa...
Eduardo la interceptó en el pasillo. Le tomó el rostro con delicadeza. La miró a los ojos casi con súplica.
—¿Me amas?
Clara se perdió un instante en aquellos ojos tan azules como el mar.
—Lo sabes.
Eduardo la besó. Clara correspondió sin muchas dudas. Hacía tiempo que nadie la besaba en esa forma. Se apartó lentamente y se despidió. Al salir del edificio, miró hacia la ventana del segundo piso. Las cortinas estaban cerradas y no se veía luz. Siguió hasta el coche y volvió a la galería. Daniel ya estaba impaciente. Ella explicó lo del pretexto y ambos fueron a casa.
—No has dicho palabra en el camino, Clara —advirtió Daniel—. ¿Todo bien?
—Todo perfecto, es sólo que ha sido un día agotador. Si no te importa, me voy a dormir...
Clara no esperó respuesta. Se metió directo en la cama y apagó la luz.
La paloma volvió con mensajes todos los jueves. Tras unos meses de aquellas extrañas citas románticas, planeó huir con Eduardo luego de que él defraudara a su mujer todo el dinero de la familia.
Aquel jueves, Clara tenía dispuesto el equipaje en el coche, papeles, pasaporte, todo. Lo único que debía esperar era el punto de reunión. Sin embargo, la paloma nunca llegó. Pasó toda la mañana en el balcón a pesar del frío otoñal. Daniel llegó a la hora de la comida y la observó de pie, fumando un cigarrillo, en medio del aire helado.
—¿Sabías que hay palomas mensajeras más rápidas que otras?
Clara sintió escalofríos. Dio una gran bocanada de humo, sin voltear.
—Pues eso ha pasado hoy. Tu correo ha llegado al amanecer, justo cuando salí al balcón para sacar al perro. Mi deber ciudadano era haberte despertado y entregarte la misiva, pero, como comprenderás, mi deber marital me lo impidió. De haberlo hecho, ahora estarías abordando un tren hacia quién sabe dónde con tu amante. Pero mira, no soy tan malo. Te leo el mensaje: "Andén 18. 12:45. Salimos de Sauces #26. Te veo 10:30".
Clara apagó la colilla del cigarro. Sin decir nada, intentó entrar al apartamento, pero Daniel la tomó de los hombros.
—Aún llegas. Te llevo.
La pareja subió al coche y fueron al lugar. La dueña del salón de belleza se extrañó en ver a Clara otra vez.
—Querida, gusto en saludarte de nuevo. ¿Has venido a cortarte el cabello?
—Hemos venido al 26-B —contestó Daniel en forma cortante y sin permitir hablar a Clara—. ¿Por dónde subimos?
La estilista se quedó extrañada.
—¿Al B? ¿Es una broma? Ese apartamento ha estado vacío por décadas, desde aquello terrible...
—¿Terrible? ¿Qué ha pasado con Eduardo? —inquirió Clara, angustiada.
—¿Sabe quién vivía ahí? Eduardo Torelli, el famoso cantante de ópera de los años veinte. Tenía un romance con una mujer casada y el marido celoso lo asesinó. Dicen que lo empujó desde el balcón. Mi abuela era muy joven en aquel entonces, y le tocó ver a la policía, y...
Clara se sintió desvanecer, pero Daniel la tomó del brazo y subieron al segundo piso. La puerta del 26-B estaba entreabierta.
Los años veinte llegaron de nuevo. El vestuario, la atmósfera, el fonógrafo. Eduardo servía dos copas de vino. Daniel se le echó encima como un perro rabioso. Comenzaron a pelear hasta salir al balcón, donde Daniel acorraló al cantante contra el barandal. Clara intentaba separarles, pero era imposible. Pensó en buscar ayuda, así que salió del apartamento y bajó al salón de belleza. La dueña la acompañó de regreso para intentar hacer fuerza con los demás vecinos.
El destino jugó entonces su última carta. Cuando las dos mujeres estuvieron frente al 26-B, la puerta estaba cerrada. Ningún ruido venía del interior. El vecino de enfrente les ayudó a abrir la puerta con varios empujones. Clara esperaba encontrar la peor escena, sin embargo, el apartamento lucía abandonado. No había espejo, ni fonógrafo, ni canarios. Todo estaba derruido por la humedad. Las alfombras carcomidas y las fotografías mohosas. En el balcón no había más que plantas secas.
La estilista abrazó a Clara para calmarla. Decía cosas sin sentido sobre un tren y palomas mensajeras. Nadie supo nunca lo que en realidad había vivido. Tal vez, ni siquiera ella misma.
FIN
miércoles, 30 de diciembre de 2020
#ProsaEspontánea #relato #misterio
El fondo del lago
@lixysol
De haber pedido al universo un solo poder, habría sido el de la adivinación futura. Pero claro, ni existían esas peticiones ni a mí se me habría ocurrido, al menos, en aquel momento en que me crucé con esos ojos grandes, tristes, claros como el agua de un río veraniego. Debí haberle dicho que no en una forma contundente, tajante, determinada. Sin embargo, la cobardía me inundó por completo como la recia lluvia que cayó de un momento a otro.
Nos habíamos encontrado por casualidad en la estación de trenes, en medio del tumulto de personas que demandaban los últimos boletos hacia diversos destinos vacacionales. Era la víspera de Navidad. Hacia mucho frío y el cielo estaba adornado siniestramente con sendos nubarrones grises.
Hacía un año que habíamos terminado nuestro compromiso, justo en aquel día y estación. Ella pasaba por un momento depresivo por la pérdida de su hermano, único familiar restante, así que decidió irse a un retiro espiritual en las montañas. A dos semanas de la boda, en mí recayó la responsabilidad de cancelarlo todo. Fue un sentimiento extraño, como si hubiese pulsado el botón de regreso de una vieja videocasetera.
Aún sin saber cuándo volvería a verla, nos despedimos en buenos términos entre empujones y maletazos. Recuerdo que me sonrió con nostalgia desde la ventanilla del tren. Después de eso, recibí dos cartas en donde me narraba sus progresos personales. Luego, vino el silencio total. Yo respeté su decisión de no comunicarse; pensé que necesitaría espacio y tiempo para sanar sus heridas, y que, en ese camino, yo no tenía sitio.
Conseguí un empleo como redactor en un periódico local, cercano al lugar donde ella se había marchado. No lo acepté por eso, lo confieso. El sueldo era razonable y yo tenía ganas de salir de la ciudad. De modo que, aquella víspera de Navidad, mi boleto no tenía fecha de vuelta.
Es raro cómo se imprimen en la mente los rasgos de alguien a quien hemos amado demasiado. Si de algo estaba seguro, era de jamás poder olvidar uno solo de sus gestos, el tono de su voz y su forma de caminar. Todos mis recuerdos aparecieron de golpe frente a mí. Ella se sorprendió también. La noté recuperada, con el cabello más corto y ropa nueva. Nos quedamos mirando a los ojos por unos segundos, o habrán sido minutos, no lo sé. Creo que perdí el sentido del tiempo.
El pitido del tren nos trajo a la realidad. Entonces sonreí y le extendí la mano. Ella la estrechó un tanto tímida, pero luego me abrazó efusivamente. Pude oler su perfume de jazmines, sentir su mejilla aterciopelada, percibir su aliento sobre mi cuello.
—¿Vienes o vas? —atiné a murmurarle al oído, extasiado en aquel abrazo.
Ella se separó de mí con sutileza. Sus ojos estaban rasos, aunque sonreía.
—¿A dónde vas tú? —preguntó—. Lo siento, no se debe contestar con otra pregunta —sonrió.
—No te preocupes—sonreí tontamente—. Me esperan en Lamont para un empleo. De hecho, comienzo hasta pasado mañana, pero no había más boletos disponibles.
—Vaya...me alegro por ti —me dijo al tiempo de tomarme la mano.
A partir de ahí, abandoné la realidad. Como dije antes, debí haberme apartado, correr hacia el tren y decirle adiós a través de la ventanilla, pero no lo hice. En su lugar, decidí cambiar al boleto para el siguiente tren que salía en dos horas. La idea era tomar un café en la estación, ponemos al día y despedirnos como dos ex parejas civilizadas. Sin embargo, al escuchar la tercera llamada del tren, ella tomó mi mano con tal ansiedad, me miró con esos ojos claros como nubes, me sonrió nerviosa y habló en ese tono suplicante, que no pude eludir. Me pidió que pasáramos dos días juntos y luego yo decidiera ir a Lemont o volver con ella a las montañas, donde pensaba alquilar una cabaña, lejos de todo y de todos.
La megafonía me nombró dos o tres veces para subir al tren, y yo no podía apartar la vista de sus ojos verdes. La tomé de la mano y corrimos a la taquilla para volver a cambiar el boleto a dos días.
Era de noche cuando llegamos a la pequeña cabaña en medio de las montañas. Al frente, un lago sereno y oscuro. Las lechuzas y los cuervos aderezaban el invernal silencio, seguramente resguardados desde algún árbol o resquicio en las piedras. O tal vez se reían de mí.
Apenas entramos a la habitación, dimos rienda suelta a tanto deseo contenido por la distancia. El tiempo se detuvo. Tal vez también mi voluntad. Solo podía verla, admirarla, procurarla. Lemont se disolvió de mi mente. Estaba dispuesto a seguirla a donde le diera la gana.
Y eso hice. Acepté quedarme con ella en aquel paraje incomunicado. Dejé pasar el boleto de tren, el trabajo en Lemont, los planes que según yo tenía para mi futuro. Ahora no había otro futuro que ella. Ella...
—Lily—le dije al oído mientras la abrazaba frente al ventanal—. Cásate conmigo.
—¿Sabes por qué me fui hace un año? —respondió con otra pregunta, como era su costumbre. La noté ensimismada.
—Por lo de tu hermano, ¿cierto? Al retiro emocional...—intenté reubicarnos en lo que suponía nos ocupaba.
Nunca olvidaré el silencio que envolvió la escena. Ese tipo de silencio agorero, malvado, alevoso.
—No fui a ningún retiro, Marcos.
Me aparté de ella. Me abandonaron las fuerzas. Siguió hablando sin voltear. Mantuvo aquella mirada fría sobre el paisaje nevado.
—Una semana antes de nuestra despedida, conocí a un hombre por casualidad mientras buscaba tu obsequio de Navidad. Me sentía perdida en el departamento de caballeros. Él estaba mirando corbatas, y se ofreció a ayudarme. Te mentí desde ese momento, porque le dije que buscaba un regalo para mi hermano. Entre los dos escogimos una bonita bufanda de lana y unos guantes de piel. Hacía mal tiempo, y me invitó a tomar un té. Pasamos conversando toda la tarde. Como juego, pedimos decir algo inconfesable uno del otro. ¿Sabes qué fue lo que me dijo, Marcos? Que hacía dos años él y su mejor amigo habían hecho una apuesta.
Encendí un cigarrillo. Comenzó a nevar. Eché lentamente algunos troncos a la chimenea. Tomé una frazada y la puse sobre los hombros frágiles de Lily. Serví un whisky doble y lo bebí de un sorbo.
—Resulta que la apuesta consistía en ver quién se ligaba primero a la fea secretaria del jefe. Sí, fea. Ese fue el adjetivo que Alberto usó. Dijo que en aquella época la pobre chica se peinaba como anciana y usaba unos lentes enormes y trajes pasados de moda, pero que, con una manita, podría ser atractiva. ¿Sabes qué apostaron, Marcos? Una boda. Una boda ficticia que oficiaría un actor vestido de juez. ¿Y para qué? Para ver quién de los dos sería el que dejaría abandonada a aquella chica en la noche de bodas en un lugar remoto...como este, tal vez.
El viento lloraba entre los pinos nevados. La superficie del lago comenzaba a congelarse. Me tomé el segundo whisky.
—Te preguntarás qué harían esos dos al volver a la oficina y verse descubiertos ante la chica. Pues tenían todo planeado, porque el contrato de aquella oficina de prensa terminaría justo antes de la boda, y la pobre engañada jamás los volvería a ver. Astuto, ¿no lo crees? La dejarían aislada en aquella cabaña en medio de una tormenta invernal que le impediría buscar a su fugitivo y falso marido.
Lily se giró lentamente. Su rostro había perdido la candidez de antes. Sus ojos estaban congelados como el lago. Se abrigó con la frazada. Me quitó el vaso y bebió el whisky de tirón. Yo la miraba sin poder articular palabra.
Sirvió dos copas de vino tinto y me ofreció una.
—Prefiero brindar con tinto, si no te importa—dijo con sarcasmo—. Por nosotros, por este bello paisaje nevado, por nuestro futuro.
Chocamos las copas. Ella bebió el Chianti como si fuera agua.
Minutos después, caí desvanecido en la sofá. Todo me daba vueltas, incluyendo el pasado y mis malas decisiones. No recuerdo más. Solo el rostro de Lily a través del humo de lo que sea que había echado al vino. Me dejaría atrapado en medio de la tormenta. Si hubiera tenido lucidez, la habría felicitado por ejecutar en forma tan limpia su ansiada venganza. No quedaba nada de la chica de anteojos y trajes deslucidos. Yo había robado su ingenuidad, y no podía resarcir mi osadía. En su lugar, había gestado un ser de ojos fríos y movimientos calculados. Ya podía estar orgulloso.
Los humores de la droga me dejaron sin voluntad. Tal vez fue una revancha justa...no lo sé.
Desperté con el cuerpo entumido de pies a cabeza. Mi corazón latía lentamente, como un reloj acompasado y viejo. La corriente del lago me movía de un lado a otro, hundiéndome sin piedad. Pude abrir los ojos, y apenas distinguí la ondulante imagen de Lily a través de la capa de hielo que se formaba con rapidez.
Nada pude hacer, sino soñar con aquellos ojos claros. ¡Lo siento, Lily! ¡Lo siento...!
sábado, 26 de diciembre de 2020
#ProsaEspontánea #relato #drama
Uvas amargas
@lixysol
Era una casa llena de sombras y nostalgias. Un halo de misterio y dulce decadencia envolvía cada una de las habitaciones y patios. Los ecos de fiestas pretéritas, con sus risas y bailes, resonaban al compás del viejo reloj de péndulo, cuyas precisas campanadas disolvían la barrera entre sueño y realidad.
Las diez. Entre las altas sombras proyectadas sobre la escalera de parquet, el mayordomo y único asistente de la dueña, apareció con una charolilla de plata pulida. Un servicio de té y pastillas —el cotidiano— estaba dispuesto con esmero.
Elena sirvió su té casi en forma mecánica. Ingirió las tres píldoras y se sentó en el sofá de un antaño rojo bermellón aterciopelado.
—Hasta mañana, señora. Que descanse —Mario se despidió sin esperar respuesta. Estaba acostumbrado a los silencios.
Ella se quedó dormida sin ninguna resistencia. Lo último que pensaba era que la medicina estaba hecha para ello, así que se dejaba hacer. El psiquiatra le insistía en enfrentar a sus demonios, pero Elena prefería sacarles la vuelta, viajar con la mente a sus glorias pasadas, a sus amores intrépidos, a la vida adolescente en aquel lejano viñedo en el que se había criado con sus abuelos maternos. Ahí, entre surcos y aspersores, saboreaba los besos de Toni, su primer amor. Eso hasta que el abuelo los sorprendió y prohibió al chico acercarse de nuevo. Elena decidió entonces que buscaría su propio destino, y escapó esa misma noche hacia la ciudad.
Los rascacielos y los autos le dejaron embobada. Con dieciséis años y una pequeña valija de cuero entre las manos, recorrió sin rumbo el centro turístico. Un cartel en algún restaurante le hizo solicitar un empleo del que no tenía idea, pero que consiguió en un pestañeo.
Cuatro meses fue camarera aquella chica de ojos verdes y cabello castaño. Un cliente asiduo, director de cine, la invitó a una prueba para un personaje secundario de la película que filmaba. Contra los pronósticos, Elena dio muestra de su capacidad histriónica y consiguió el papel principal. De la noche a la mañana, su nombre relucía en marquesinas y autobuses.
Seis años después, no podía salir a la calle sin que alguien la reconociera, le pidiera un autógrafo o una fotografía. Se comprometió con su pareja cinematográfica, el galán de moda. La vida no podía ser mejor, o eso creía.
Ese mismo otoño, el prometido le fue infiel con otra actriz principiante. La noticia dio vuelta a las principales ciudades, mientras Elena caía en una profunda depresión que la llevó al psiquiatra. Tres matrimonios fallidos, el diagnóstico de no poder ser madre y el paso inexorable del tiempo la hundió poco a poco en la soledad, hasta terminar todas las noches en aquel sillón rojo, aturdida con pastillas y recuerdos.
Las campanadas del reloj dando las siete la trajeron a la realidad. Tambaleante, caminó a la cocina. Mario ya le había servido el desayuno.
—¿Los periódicos? —preguntó Elena, molesta.
—Señora, hoy no debería leerlos —advirtió el mayordomo en tono indulgente—. Coma algo, le preparé las crepas que le gustan.
—¡Los periódicos! —exclamó ella sin miramientos.
Mario acercó tres ejemplares a la mesa y se retiró.
Apenas posó la vista en los titulares, la actriz comenzó a llorar amargamente. El amor de su vida y quien le había hecho sufrir tanto, se casaba por sexta vez con una joven cantante.
Tomó con rabia el periódico, agitando todas las hojas. Cayó al piso un sobre blanco, etiquetado para ella. Mario no había tenido valor de dárselo en persona.
—¡Y me invita! —gritó al infinito—. ¡El muy imbécil me envía la invitación a su sexta boda! ¡Idiota sería yo si fuera!
Sacó una botella de whisky de la alacena y echó un poco al café.
—¿Sabes qué, Armando? ¡Iré! ¡Me voy a plantar en la iglesia y te echaré abajo el teatro! ¡Soy actriz! ¡Y de las buenas!
Unas horas después, Elena entraba a la ceremonia ataviada con un elegante vestido. Intentó ignorar las miradas de algunos invitados. Se sentó en su sitio y aguardó el momento para atacar, como una depredadora felina ante la manada de zebras.
La sangre que le hervía desde hacía treinta años se convirtió en agua tibia cuando la novia entró a la iglesia. El padre orgulloso que la llevaba del brazo era Toni, el chico del primer beso entre los viñedos.
Elena se mantuvo ecuánime durante toda la ceremonia. Sentía el corazón batiente y tierno, como si volviera a tener dieciséis. Al final, hasta se acercó a felicitar a Armando.
Entre el tumulto de invitados despidiendo a los novios, Elena escuchó una conocida voz al oído.
—¿Te permitirá tu abuelo ahora salir con un viudo que aún cultiva uvas sin dejar de pensar en ti?
FIN