domingo, 23 de junio de 2019

#cuento #cienciaficción

Libre albedrío
Laura despertó de golpe, agitada y febril. Se repuso en unos instantes, mientras intentaba reconocer aquel espacio diáfano. Era la sala de un hospital, y a su alrededor corrían de un lado a otro médicos y enfermeras intentando salvar sus dañados órganos. No se esmeren, dijo, que este cuerpo de noventa años se ha desgastado lo suficiente.

De repente, Laura se encontró formada en una larga fila. Vaya, pensó, es cierto lo que dicen de llegar a las puertas del cielo. Porque espero que sea la fila del cielo, se rió para sus adentros.

Al llegar a la recepción, una amable angelita le dió la bienvenida mientras checaba algo en su ordenador.

—Felicidades —dijo la joven con entusiasmo—. Tiene usted un expediente impecable. Pase por favor a la ventanilla de reencarnaciones. Y que siga usted haciendo el bien en la Tierra.
—Pero yo no deseo volver —objetó Laura—. Yo solo quiero terminar con esto, desaparecer.

Las almas en la fila se miraron con confusión. La edecán se puso algo nerviosa. 

—Nunca me habían pedido una cancelación total —advirtió, sorprendida—. Para casos especiales como el suyo, pase a la dirección general.

Laura caminó por un largo pasillo alfombrado hasta un mostrador de cristal. Un amable querubín le dio un turno de atención. 

Poco después, Laura fue llamada a entrar al despacho principal. Un portón de madera labrada se abrió lentamente para dejar ver una oficina amplia e iluminada. De espaldas, un hombre con cabello cano estaba sentado frente a la chimenea.

—Así que deseas una cancelación total de vida... —enunció con voz clara y firme al tiempo que giraba el sillón de cuero—. Me preguntó por qué, teniendo el expediente más limpio que haya visto. Con tu récord, muchos me pedirían volver con sus seres queridos, o sus alas definitivas para quedarse conmigo en el paraíso...

Laura se acercó al escritorio de caoba. Un olor a incienso inundaba el espacio, casi como un templo zen. 

—Primero dígame si estoy hablando con el jefe a cargo, el que toma las decisiones aquí.
—Que yo sepa, nadie tiene más jerarquía que yo — afirmó el Señor—. Por favor, siéntate. Ahora, responde a mi duda.
—En está vida me esforcé en ser una buena esposa, tía y amiga. Decidí no tener hijos porque mi esposo viajaba mucho y no hubiera podido estar con nosotros. Fui muy feliz con él. Un hombre maravilloso que espero aún viva poco más. Fui buena vecina; ayudé a mis semejantes en lo que pude. Nunca tuve vicios ni traté mal a los animales. Pues bien, todo esto me hace una persona modelo, si usted no piensa lo contrario.
—Para nada. Coincido contigo. Puedes tutearme, por cierto. No me hagas sentir viejo.
—Perfecto. Volviendo a lo mío, ese expediente limpio me da el derecho de pedir lo que deseo para la eternidad. Es lo de menos, ¿No? Y yo pido desaparecer. No quiero otra vida terrenal. Tampoco una celestial. Solo quiero disolverme como humo, no tener consciencia de nada ni de nadie. No quiero quedarme en el cielo para ver sufrir y morir eternamente a mis sobrinos, la única familia que me queda.
—Pero dentro de poco, tu esposo vendrá, y ya no estarás sola.
—Yo ya me despedí de él, le he dicho lo que debía y perdonado lo que me haya hecho alguna vez. Estoy en paz. Ya no deseo verlo más. No comprendes, ¿Verdad? Quiero ser libre de toda atadura con el mundo terrenal.

El Señor se levantó de su butaca y fue hacia la ventana. La aurora brindaba un precioso espectáculo de colores. Se quedó unos minutos en silencio, pensando.

—Tu esposo no fue el amor de tu vida, ¿Cierto? —  tranquilamente—. Si lo hubiera sido, tendrías ganas de verlo de nuevo. Las heridas profundas de amor siempre desembocan en huída. Las personas ya no desean bajar a la Tierra por temor a sufrir por amor. 
—Deberías respetarles ese deseo —advirtió Laura mientras se acercaba a la chimenea—. Hace frío aquí.
—Solo tú lo sientes —explicó el Señor, volviendo a su silla—. Estás en coma. Tu cuerpo pierde calor rápidamente. Por otro lado, no puedo hacer lo que dices. Yo soy el que dirijo el destino de las personas, mi sabiduría me permite elegir lo mejor...
—Una cosa es la sabiduría, y otra, el autoritarismo.
—¿Acaso me equivoqué al elegir a tu esposo? Fue un compañero excelente contigo. 
—¿Quieres decir que el libre albedrío es una falacia? ¿Al final se hace lo que tú dices?

El Señor sirvió dos tazas de café y le dio una a Laura, que temblaba de frío.

—Te están resucitando y necesitas calor.

Laura bebió dos sorbos que le supieron a gloria, literalmente. La temperatura de su cuerpo subió. Aquel aroma de café tostado le trajo a la mente el restaurante en el que había conocido a Walter. Ella, con dieciocho años, iba a ese sitio todos los jueves para acompañar a su tía en sus tardes de amigas. Para no aburrirse, salía al balcón para dibujar paisajes. Walter, el joven camarero alemán que siempre las atendía, se esforzaba por hacer plática en un atropellado español. Con el tiempo, se hicieron amigos y, tiempo después, novios a escondidas. Laura se enamoró perdidamente del extranjero y creyó sus promesas de amor eterno. 

El telón cayó un jueves, cuando Walter no estuvo en el restaurante. El gerente dijo que había regresado a Alemania con su esposa. Desde entonces, el corazón de Laura se había fracturado permanentemente. Nunca más pudo amar en plenitud a nadie, ni a su marido. En el fondo, aquel primer amor le había robado las ganas de querer sin medidas. 

—Dejó dicho lo de la esposa para que no lo siguieras, pero no era verdad—afirmó el Señor—. Te amaba mucho, pero se sentía inferior a ti. Pensó que nunca podría darte la vida que te merecías. En mi defensa diré que habrías atado tu existencia a un hombre inseguro y celoso, que probablemente te hubiera maltratado y humillado para cubrir su carencia emocional. Con el paso del tiempo, tu recuerdo lo hizo sentir tan culpable, que comenzó a beber sin parar. Después, ya maduro, se regeneró y puso un restaurante con tu nombre en Berlín. Nunca se casó o tuvo hijos. En el momento de morir, me pidió perdón por haberte dejado.

Laura sollozaba en silencio mientras escuchaba al Señor. A pesar de todo, nunca había dejado de desear volver a ver a Walter. Lo habría perdonado. Siempre.

—Podría aceptar tu solicitud de cancelación definitiva ahora,  y te convertiría en polvo de estrellas para polinizar otros mundos venideros, pero romperé mis propias reglas. Te diré que en tu siguiente vida, te volverás a encontrar con Walter. Ambos están listos para ello. La decisión es tuya. Te dejaré a solas un minuto. ¿Ves esos dos botones sobre el escritorio? El blanco es para reencarnar. El negro, para desaparecer. 

El Señor salió del despacho mientras encendía su pipa. Laura se limpió las lágrimas, respiró hondo y se dejó llevar por su libre albedrío.

Fin.

martes, 4 de junio de 2019

#Cuento #Suspenso #Drama

El escape de las seis


Mariela cerró el archivero donde guardaba sus documentos de trabajo. Miró por segunda vez el reloj de pared, el cual le dio la esperanza que en breves instantes, la hora de salida sería una realidad. En aquella fría oficina de color verde musgo y muebles pasados de moda, las seis de la tarde marcaron el fin de la jornada. La chica se puso el abrigo, tomó su bolso y se dirigió a la salida del edificio, como otras decenas de oficinistas de rostros parcos e inexpresivos. El lago humano que inundó la salida se disolvió lentamente entre las puertas giratorias, desembocando ansioso en la avenida principal de la ciudad.

La chica caminó tres cuadras, dobló a la izquierda y avanzó dos más. Cruzó la calle, entró a un modesto edificio, subió las escaleras hasta el tercer piso y entró a su apartamento. Dante, el gato amarillo que fungía como acompañante, le recibió apostado despreocupadamente en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. Sonó el teléfono y la voz de su madre al otro lado del auricular la cuestionaba como siempre sobre cómo había ido el día, con quién había tomado el almuerzo, qué ropa llevaba puesta y si había cruzado palabra con alguien más en la oficina que no fuera Bertha, la secretaria del jefe. A pesar de vivir sola desde hacía tres años, Mariela parecía estar aún demasiado conectada con los conflictos internos y enfermedades imaginarias de su madre, quien no vacilaba en mantenerla en vilo con la incertidumbre de que, con tantas afecciones, no tardaría en morir un día.

Luego de colgar el teléfono, la oficinista dio de comer al gato, sirvió un vaso con leche y fue a su habitación, dispuesta a descansar. En ese momento recordó a Bertha, quien le decía que dormía muy tarde por quedarse a charlar con sus amigos en redes sociales. Mariela nunca la tomaba en serio. Pensaba que aquello era inútil y frívolo o, mejor dicho, su madre era la que lo creía así.

Al día siguiente, Bertha la invitó a almorzar. En el camino al restaurante, la secretaria comentó que se encontrarían con una sorpresa al llegar. Mariela no recordaba la última vez que la habían asombrado.

En el restaurante, la camarera las llevó a la mesa de siempre. Unos segundos después, un hombre apuesto, de unos treinta y tantos años, vestido con un traje costoso y el pelo engominado, apareció frente a ellas. Se presentó como Daniel. Bertha lucía sonrojada y nerviosa. Lo saludó con la mano casi temblorosa y lo invitó a sentarse. Presentó a Mariela y pidió el menú del día para los tres.

— Disculpa, pero serán cuatro —refirió el hombre a la camarera—. Un amigo viene a comer también... ¿te molesta? —cuestionó amablemente a Bertha, quien se limitó a negar con la cabeza—. Está bien, señorita, cuatro menús entonces, y también una botella de vino.

— Yo no bebo —murmuró Mariela—. Pero ustedes…

— Tenemos que festejar que al fin conozco a Bertha luego de dos semanas de conocernos por internet —argumentó Daniel. 

Bertha sonreía mecánicamente, totalmente inhibida ante la seguridad que proyectaba Daniel. Antes que la camarera regresara con los menús, el agregado apareció frente a la mesa.

— Pablo, por fin—dijo Daniel, indicando al visitante el asiento vacío en la mesa—. Te presento a Bertha, y ella es su amiga…

— Mariela —balbuceó la chica un tanto nerviosa, estrechando brevemente su mano entre la del recién llegado—. Mucho gusto.

Pablo vestía un traje oscuro de línea fina y corbata de seda. El cabello rubio perfectamente peinado, la loción exquisita, los ojos claros…todo en él fue como una poesía que dejó perpleja a la tímida chica. La comida transcurrió de forma agradable para unos, incómoda para los otros. Daniel no dejaba de mirar a Mariela y de rozarle la rodilla por debajo de la mesa. Pablo intentaba hacer conversación, pero no podía dejar de observar el escote de Bertha. La secretaria se moría por captar la atención de Daniel, mas su esfuerzo fue infructuoso. Mariela separaba cada vez con menos ganas la pierna derecha para no ser rozada con la de Daniel, pero sin dejar la mirada sobre Pablo.

La camarera sirvió el vino. Daniel propuso un fingido brindis por conocer a Bertha. Las miradas de los comensales se cruzaron de un lado a otro como líneas de luz atravesando el líquido rojizo de las copas.

Cinco minutos antes de las tres, el grupo se despedía frente al edificio de oficinas. Daniel colocó disimuladamente su tarjeta personal en el bolso de la chaqueta que llevaba puesta Mariela al tiempo de darle el beso de despedida en la mejilla. Pablo susurró al oído de Bertha que deseaba verla de nuevo, mientras ella intentaba besar en la boca a Daniel como señal de despedida, pero él se giró un poco para evitar el contacto. Mariela se petrificó al tocar de nuevo la mano de Pablo, limitándose sólo a sonreír.

Bertha no mostró ninguna reacción durante la tarde pero, cuando coincidió con Mariela en el baño de la oficina, no pudo evitar expresar su inconformidad ante la aparente inclinación de Daniel por ella.

— ¿Qué te pareció mi novio? —preguntó sarcásticamente al tiempo de pintarse los labios de color rojo—. ¿No es encantador?

— Claro, pero…no sabía que ya eran novios —contestó Mariela, un tanto sorprendida—. Lo conoces hace muy poco…

— ¿Y eso qué? Somos el uno para el otro. De eso estoy segura. Por cierto, me da gusto que hayas tenido química con Pablo —comentó la secretaria en tono serio—. Quién sabe, tal vez habrá una boda doble dentro de poco.

Mariela rompió en una sincera carcajada, como hacía mucho no mostraba. No solía reír en voz alta, pero aquel comentario le produjo mucha ironía. En el fondo, sabía que nadie como Daniel o Pablo se fijaría en ella.

Poco antes de las seis, Mariela observó el reloj, guardó sus cosas en el archivero, esperó la hora, salió del edificio despidiéndose de Bertha y se fundió entre la ola de oficinistas para luego cruzar las puertas giratorias, caminar tres cuadras sobre la avenida, doblar a la izquierda, avanzar dos más. Cruzó la calle, entró a su edificio, subió las escaleras hasta el tercer piso y encontró a Dante apostado en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. Sonó el teléfono y la voz de su madre al otro lado del auricular se diluyó en la imagen que tenía grabada con los ojos de Pablo.

En esta ocasión, pensó, tenía algo diferente qué contar a su madre, pero decidió que guardaría el secreto. Por fin había algo interesante en su vida. Se acercó al espejo del salón mientras escuchaba las mismas frases de siempre, soltó su cabellera rizada y sonrió. Casi no se reconocía, pero se sintió renovada. Luego de colgar el teléfono, dio de comer al gato, sirvió un vaso con leche y fue a su habitación, dispuesta a dormir. En ese momento recordó a Bertha, quien le decía que dormía muy tarde por quedarse a charlar con sus amigos en redes sociales. Entonces buscó en el clóset el regalo que se había ganado en la rifa que su jefe realizaba en Navidad. Despojó la caja de los sellos y sacó un flamante portátil rojo. Lo encendió, conectó a internet y se sentó cómodamente en su cama. Creó un perfil en la misma red social en la que estaba inscrita Bertha, buscó a Pablo y envió una solicitud de amistad mientras los nervios casi la traicionaban. Para su sorpresa, minutos después, fue Daniel quien le envió un ofrecimiento de amistad. Pablo nunca contestó. Mariela aceptó la solicitud y observó al hombre sonriendo en la pequeña foto del perfil, con un brillante punto verde al lado. Al primer “Hola”, siguieron horas de risas y coqueteos. El reloj de pared insistía en mostrar lo tarde que era, pero Mariela lo ignoró. Pasadas las dos de la mañana, la charla terminó con la promesa de una cita.

Al día siguiente, Bertha comentó que Daniel no había estado disponible en internet para hablar como siempre lo hacían. Se mostró preocupada ya que tampoco atendía el teléfono móvil y en su oficina decían que estaría fuera todo el día en una reunión de negocios. 

Minutos antes de las seis, Mariela ya estaba lista, con sus cosas guardadas en el archivero, sentada al filo de la silla, nerviosa y emocionada a la vez. Bertha la veía de reojo desde su escritorio. A las seis en punto, la chica salió casi corriendo de la oficina.

Por primera vez, Mariela sintió que el mar de oficinistas era mayor que de costumbre. Los segundos le parecieron días mientras cruzaba el vestíbulo y llegaba a las puertas giratorias. La calle la recibió con una excitación citadina que le pareció grandiosa. Los edificios, los autos, la gente inundando las aceras, todo fluía en perfecta armonía con los latidos crecientes de su corazón. Mientras caminaba las tres cuadras sobre la avenida, se soltó el cabello, roció su cuello con perfume, puso brillo en sus labios. Respiró hondo antes de doblar a la izquierda, ya que tenía miedo que aquél sueño fuera irreal, pero los temores infundados desaparecieron al ver a Daniel recargado en la puerta de su auto rojo, justo donde habían quedado. Él la recibió con una sonrisa y un tímido beso en la mejilla. Subieron al auto sin decir palabra. Eran las seis y doce minutos. En el apartamento de Mariela, la contestadora atendió las llamadas. Dante se quedó dormido en el sofá del salón, sabiendo que la merienda llegaría más tarde.

Sin que Daniel lo sospechara, Pablo había decidido acercarse a Bertha, por lo que en ese instante llegaba a la puerta del edificio de oficinas con un gran ramo de flores. Ella se sorprendió, pero no se negó a recibirlas. Intuyendo que algo iba mal, le pidió al conquistador que la llevara a dar una vuelta en su auto. Él aceptó y recorrieron algunas calles cercanas. Bertha no escuchaba lo que su acompañante le decía; sólo observaba a su alrededor. Fue cuando un semáforo se puso en alto que, a través del cristal de un restaurante italiano, vio a Mariela y Daniel sonriendo animadamente. El semáforo cambió a verde. Pablo avanzó el coche. En un impulso, Bertha giró el volante y apretó el acelerador sobre el pie del conductor. El auto se clavó como una saeta en el muro del restaurante, explotando el ventanal en mil añicos. Decenas de cubiertos, vasos y floreros volaron por todas partes. Pablo quedó inconsciente, con el rostro hundido en la bolsa de aire. Bertha logró salir del coche solo para darse cuenta que no sólo había sido el ventanal lo que estaba roto, sino también una amistad. No pronunció palabra, ni siquiera cuando la policía la apresó mientras observaba a Mariela y Daniel inmóviles sobre el piso.

Un mes después, el reloj de la oficina marcó las seis. Mariela guardó sus cosas en el archivero mientras la imagen del escritorio vacío de Bertha le producía tristeza al saberla en problemas por tener que pagar los daños del accidente. Sin embargo, lo afortunado era que Pablo saldría del hospital en unos días y tenía ánimos para nuevos proyectos, ya sin la idea de conquistar a quien le había hecho tanto daño. 

Mariela fue hacia la salida, caminando lentamente entre las personas. Al cruzar la puerta, vio a Daniel recargado en el auto rojo. Se alegró de ver que estaba mejor de salud. Subieron al coche para dirigirse al apartamento, donde Dante esperaba en el sofá del salón. Eran las seis y doce minutos. El teléfono sonó como siempre. La contestadora atendió la llamada, ya que el abrazo en el que se fundían Mariela y Daniel parecía no terminar.

martes, 7 de mayo de 2019

#relato #terror #LesTodes #RetoBurdick

La silla maldita

Los marqueses LeBlanc habían intentado concebir un heredero durante dos años sin lograrlo. Desesperados, acudieron con una hechicera que vivía en lo más alejado de la montaña. El elegante carruaje dorado avanzó sobre las intrincadas veredas bajo la pálida luz de la luna. El camino terminó abruptamente. El lacayo detuvo el coche e inspeccionó el terreno. Una figura oscura y lánguida apareció entre la maleza. No se le veía el rostro bajo la capucha negra que portaba.

—Dile a tus señores que me sigan. No tenemos mucho tiempo —indicó con su voz tipluda, y adelantó el camino.

Los marqueses entraron a la casucha de piedra y palma. El interior estaba medio iluminado con algunos velones de cera. Sin preámbulos, la mujer entregó a la marquesa una botella que contenía un líquido azul.

—La luna se verá roja a la medianoche —advirtió—. Deberás beber está pócima y seguir intentando concebir por seis días. Al séptimo, tu vientre se quedará preñado.
—Muchos de mis conocidos han venido a verte —dijo el marqués, entregando a la vieja una bolsita de cuero con monedas de oro—. Si lo que prometes es cierto, te doblaré la paga.
—Cuando tengas a tu séptimo hijo, nos volveremos a ver, y aceptaré tu oferta.

Los marqueses dieron media vuelta para irse. 

—Una cosa más — rumió la bruja—. Por cada hijo que tengan, deberán construir una silla labrada. 

Aquella petición extrañó a la pareja, pero no hicieron más preguntas. Acataron los deseos de la hechicera al pie de la letra.

Fue así que la marquesa quedó embarazada al séptimo día luego del eclipse. Un niño bello nació meses después entre la algarabía del pueblo. El marqués cumplió su promesa y mandó construir una fina silla de caoba, la cual fue colocada en el salón de recepciones.

Sin embargo, una nube de tragedia se posó sobre el palacio. El primogénito murió sin explicación médica a los siete días de nacido. El dolor de la marquesa se convirtió en dicha cuando quedó encinta por segunda vez, pero la historia se repitió. El pequeño falleció al séptimo día, y su silla colocada en el salón. 

La vorágine de muertes no se detuvo. Otros cuatro hijos más sufrieron la misma suerte. Seis sillas de caoba vacías adornaban la escalinata de los herederos invisibles. 

Cuando el séptimo hijo vino al mundo, los marqueses estaban temerosos de perderlo como a los demás pero, para su beneplácito, nada ocurrió al séptimo día de vida, ni al octavo ni al noveno. El niño parecía sano y feliz. La noche en que el marqués colocó la silla en el salón, regresó a ver a la bruja con la segunda bolsa de oro entre las manos.

—Un trato es un trato, y lo has cumplido bien — dijo la mujer en tono burlón—. Seis almas puras me has regalado a cambio de una...y dos bolsas de oro. No está mal. Ahora viviré seis siglos más. 

Una carcajada siniestra inundó la cabaña. El marqués emprendió la retirada con un sentimiento extraño de traición dentro del cuerpo. 

—Por cierto —advirtió la bruja—. No se te ocurra deshacerte de las sillas vacías, o te quitaré a tu único hijo. En esas sillas viven las almas de aquellos niños que perdiste, y que me dan fuerza y vida. No los ves, pero ahí están. Disculpa los inconvenientes.

El marqués abordó su carruaje y volvió al palacio, mientras por su rostro corrían seis lágrimas amargas y tristes.



domingo, 28 de abril de 2019

#poesía

Amor intrépido

Y, de repente,
aparece el amor
en forma insospechada,
camuflada, mágica.
En corazones lejanos,
bombeados con sangre de sueños.
Son tu familia
porque se lo han ganado.
Te aman sin condición
ni presión social.
Ese amor está entre palabras,
exorciza la levedad,
te da pertenencia.
Nunca esperes hallarlo
en lo cotidiano.
Lo encontrarás allí
donde te atreves
a desvelar el misterio
de lo desconocido.


sábado, 27 de abril de 2019

#TallerLetrasyErroresCompartidos

Ejercicio 1
#AventuraNarrativa1000

Reseña: Una profesora sordomuda se enfrenta a la poca empatía y tolerancia de las personas hacia su discapacidad.
Título: Ágil como gacela
Relato:

La alarma del despertador vibra a las siete en punto. Minerva deja la cama de un salto y va directo a la ducha. Mientras está bajo el chorro del agua tibia, repasa los pendientes del día. Cierra por un momento los ojos. Está nerviosa. Piensa que no es un lunes cualquiera. Toma aire y aguanta la respiración, como si estuviera dentro del mar. Se repite como un mantra que todo saldrá bien. Cierra la regadera, sale del baño. Se arregla en tiempo récord y lamenta no haber alcanzado a prepararse un café. Toma el bolso, el abrigo, la sombrilla y sale de casa, preguntándose cómo serán sus nuevos alumnos. Mientras intenta tomar un taxi libre, repasa si no olvidó nada. Por fin, un auto la atiende. El tráfico es pesado a esta hora, pero logra llegar a tiempo a la escuela. Se presenta con la directora y de inmediato la canalizan a su nuevo segundo hogar.

Es un aula amplia y luminosa, con un mueble lleno de material didáctico, mesitas y sillitas de colores. Sin más, recibe a una decena de pequeños que rasan los siete años y que le devuelven el saludo con lenguaje a señas. Minerva recuerda su etapa escolar siendo una niña sordomuda. La imagen de su madre apoyándola la hace sonreír. Se siente feliz por ser profesora y tener la oportunidad de cambiar el destino de esos niños. Les explica que harán un ejercicio para conocerse. Con sus pequeñas manos, todos indican la letra inicial de su nombre de pila. La maestra intenta memorizar la mayoría de rasgos de cada uno, ya que eso le da herramientas para nombrarlos. Se enfrenta a un problema. Hay dos niñas cuyos nombres comienzan con A. Les dice que, como un juego, las llamará con la A y alguna seña particular. Ana tiene los ojos grandes y azules, por lo que su seña será A y Azul. Andrea sonríe todo el tiempo, así que su seña será A y Sonrisa. Las niñas sonríen complacidas. Esos rostros felices llenan el corazón de Minerva.

La mañana pasa ágil como gacela en la llanura. Es hora de almorzar. El sistema de luces de la escuela enciende el color verde en la lámpara de todas las aulas para anunciar el receso. Minerva y sus alumnos salen al patio de juegos. Los pequeños toman rápidamente el lugar que más les apetece: las mesas de pícnic, el césped o la cancha de basquetbol. Las profesoras se reúnen en un comedor de madera con sombrilla. Todas son sordomudas, a excepción de la directora, que tiene hipoacusia leve. Tácitamente, las mujeres bajan el volumen de sus aparatos para evitar golpes auditivos violentos en el exterior. Comparten el almuerzo y conversan sobre el festival de primavera. Todos los grupos deben preparar un número artístico. Minerva se emociona al pensar que montará un pasaje del Mago de Oz.
La jornada de actividades termina. Los niños vuelven a casa y Minerva también. Lalo, su novio, le envía un mensaje de texto recordándole que es noche de cine clásico. Quedan de verse a la taquilla a las ocho de la noche.

Minerva entra a su casa con el día a cuestas. Deja sus cosas en el sofá y se alegra de que el primer día de colegio no haya sido tan difícil. En su mente aparece Lalo. Decide que esa noche, por fin, accederá a casarse con él. Tal vez no sea tan malo tener a alguien que la reciba después del trabajo, piensa, mientras cierra los ojos y se queda dormida.

El instinto la despierta. Son las siete y media de la tarde. Se levanta de un tirón y arregla un poco su maquillaje. Toma el bolso y sale a la calle. Camina algunas cuadras para llegar al cine. Observa que Lalo ya está esperándola, con una sonrisa y los boletos en mano. Está muy enamorada de él. Viene a su mente el día en que lo conoció haciendo fila para comprar entradas de una saga de fantasía. Mientras lo abraza fuertemente, se siente afortunada por estar con un hombre amable y cariñoso. Entiende lo difícil que le es, a veces, adaptarse a  tener una novia sordomuda.

Ya en la sala de cine, Minerva sonríe al ver aparecer el inicio de El Mago de Oz. Piensa que es una señal para montar el número escolar con ese tema. En la escena donde Dorothy canta Somewhere over the rainbow, los ojos de la profesora se llenan de lágrimas. Inevitablemente recuerda a su mamá, cantándole en señas esa canción, justo antes de dormir. Los subtítulos le ayudan a seguir la letra. Con los dedos tamborilea el ritmo sobre la butaca próxima. Las personas de la misma fila voltean a verla de reojo, extrañadas. Minerva ni siquiera las percibe. Su cabeza está llena de ideas lindas.

Al terminar la película, Minerva y Lalo caminan por la calle. Eso es lo que  le cuesta más trabajo, piensa ella, mantener el contacto visual mientras avanzan. Cree que la vida tiene mucho de parecido con la historia de El Mago de Oz. Por mucha fantasía, siempre hay problemas en el camino. No acaba de procesar ese pensamiento, cuando se da cuenta de un tipo, que desde la otra acera, se burla de mirarla hablar con lengua de señas. Lo de siempre, piensa. Intenta no darle importancia, pero el semblante de Lalo le preocupa. Lo ve realmente molesto.

La luz cambia roja. Minerva pone atención en el conteo luminoso del semáforo para calcular el tiempo. Algo la distrae. El burlón empuja el hombro de Lalo al cruzar la calle. Lalo se detiene y le solicita una disculpa, pero el otro tira el primer golpe. A diez segundos de cambiar la luz del semáforo, ambos están trenzados sobre el pavimento, echan puñetazos. Se acerca un oficial de policía y los obliga a parar. Minerva sigue su camino, contrariada; Lalo detrás, cabizbajo. La magia se pierde a cada momento. Minerva se pregunta si podrá recuperarla con facilidad.

Fin

martes, 16 de abril de 2019

#poesía

Viaje

Tu orografía se me revela
como una tierra prometida
detrás del horizonte.

Mis pies cansados se abrasan
con la arena ardiente,
y mis labios resecos
anhelan un poco de humedad...

De pronto, a lo lejos,
entre ondas de calor y desvelo
apareces con los brazos abiertos,
como una metáfora ensoñada...

Me miras.
Tus ojos se entrecierran.
Me besas.
Mi alma vuelve de su delirio.

sábado, 6 de abril de 2019

#poesía


Recuerdos futuros ©

Por: @lixysol


Insomnio interminable,
me inunda sin cesar,
como si fueran tus brazos
sosteniéndome en el aire.

Esta noche no hay sueño,
sólo la lluvia que refleja
tu imagen en la ventana
invitándome al paraíso.

Si te tendré, no sé,
eso respondo a diario
cuando el alba llega
a colmarme de preguntas.

Mientras tanto, te imagino
como terapia de consuelo,
pero será sólo tu presencia
la que al final, me resucite.

¡Qué ironía es el amor!
Puede matar de alegría
y revivir de las cenizas.